Puede que yo, en mi ignorancia total y única, vea ciertas cosas con demasiada claridad. Puede que, dentro de la infinita gama de grises que me rodean, haya cosas que sean blancas o negras, independientemente de la tonalidad de los variados elementos que la rodeen. Puede, y sólo puede, que lo que está bien esté bien y lo que está mal esté mal. Puede que haya una tendencia realmente absurda que empuje a la humanidad a ser hipócrita y actuar en contra de sus propias ideas de forma sistemática. Puede que no sea tan extremadamente complicado hacer lo que debes dentro de un margen X de actuación. O puede que yo sea tonta y me equivoque. Sinceramente, no lo sé, pero no me parece tan complicado. Si sabes que hay algo que tienes que hacer, lo haces y punto. ¿Que tienes que olvidarte de un/una exnovio/a? pues le echas valor y lo haces en lugar de revolcarte en tu autocompasión y creer como un/una imbécil que podeis volver juntos. Da igual la cantidad de lágrimas que tengas que derramar. No me importa, y lo digo muy enserio, las veces que te cortes con el cartón intentando guardar sus regalos en una caja para meterla en el fondo del armario hasta que lleguen tiempos mejores. Te curas los cortes con povidona yodada y te pones unos guantes sobre la tirita para evitar herirte de nuevo, pero le olvidas. ¿Necesitas encontrar una forma alternativa de subvencionarte el carnet de conducir? Agarra un periódico y mira las ofertas de trabajo. Apúntate a una agencia de trabajo temporal, sé que los empleos que ofrecen son una mierda, pero no vas a vivir de ello toda tu vida, es cuestión de conseguir el dinero y utilizarlo para lo que necesitas. ¿Quieres perder 15 kilos para evitar que tus arterias se colapsen dentro de 2 meses? Ve al endocrino para que te haga una dieta a tu medida (por Dios o por quien quieras que te lo pida, no uses dietas estúpidas de las revistas o de esas que tu tía la del pueblo te recomienda, que la cosa es que sobrevivas no que acabes en una caja de pino antes de tiempo). Apúntate a aerobic, baile, natación, jiujitsu, zumba o cualquiera de esos deportes nuevos en los que parece que te dan espasmos. ¿Te molesta la música de los indeseables en el autobús que se niegan a usar auriculares? Pues no te quedes sentadito en tu asiento apretando los puños alma de cántaro. Levántate y, con mucha eduación, pídeles que quiten la música o exígele al conductor que haga cumplir el reglamento de viajeros (aunque te aconsejo más lo primero, es menos peligroso).
Puede que sea cabezota, puede que lo vea todo muy fácil, incluso puede que mis problemas sean más sencillos que los tuyos; pero a menos que padezcas una enfermedad terminal (en cuyo caso lo siento muchísimo por ti, de verdad) no veo el motivo por el que no solucionas ese rosario de problemas minúsculos que parecen atormentarte.
domingo, 25 de diciembre de 2011
domingo, 11 de diciembre de 2011
Últimamente observo cierta tendencia a creer fervientemente en la superioridad de unos pocos sobre otros muchos. Veo y oigo afirmaciones que me ponen los pelos de punta, lo que una tiene que escuchar por tener orejas. Puede que todos hayamos pasado una fase sensiblemente infantiloide en la que creíamos haber elegido la mejor rama de estudio y despreciábamos las demás, pero parece ser que algunos individuos se quedaron atorados. Me avergüenza reconocer que pasé un par de años considerando estúpidos de todo punto a los que, al contrario que mi propia persona, habían escogido seguir un camino basado en las lenguas muertas, en el estudio de hechos pasados o previsiones económicas futuras. No sé exactamente con qué bucle mental separé unas ciencias aplicadas, enfocadas al mercado empresarial; de otras volcadas en el estudio de los seres vivos que han dado a poblar nuestro planeta; pero sí recuerdo cómo me burlaba aquellos que se decantaban por lo primero, olvidando esos momentos caducos en los que era yo el objeto de mofa y que deberían haberme sensibilizado al dolor ajeno. Por suerte superé esa maligna temporalidad, pero percibo a mi alrededor personas que no han podido o no han sabido dar ese paso, gente que se considera superior por acumular más títulos o recolectar cheques de cuatro cifras. Desgraciadamente he oído frases tan desafortunadas como: jamás podría enamorarme de alguien que no tuviera el mismo nivel de estudios que yo o superior; a veces me gustaría que en los perfiles de las redes sociales se incluyera el mapa genómico; o incluso lo primero que le pregunto a mis citas es su saldo bancario y si no alcanza el mío me voy sin siquiera despedirme.
¿Qué clase de ideas pasan por las cabezas de estos seres cuando sueltan tales barbaridades? ¿Realmente son así de arrogantes o esos desastres mentales tienen su origen sólo en una educación mal enfocada? ¿Nos encontraremos ante el resurgir de ciertas teorías de aquel paranoico psicópata alemán? ¿Es posible que dichos humanos mantengan realmente relaciones interpersonales sanas con aquestas premisas?
¿Qué clase de ideas pasan por las cabezas de estos seres cuando sueltan tales barbaridades? ¿Realmente son así de arrogantes o esos desastres mentales tienen su origen sólo en una educación mal enfocada? ¿Nos encontraremos ante el resurgir de ciertas teorías de aquel paranoico psicópata alemán? ¿Es posible que dichos humanos mantengan realmente relaciones interpersonales sanas con aquestas premisas?
domingo, 20 de noviembre de 2011
Ayer un pequeño pueblo toledano perdió a una de sus más antiguas habitantes. Desgraciadamente a nadie pilló por sorpresa. Ella batalló contra la enfermedad algunos meses más de lo que los médicos pronosticaron, pero al final la vejez venció, llevándose con ella un pedacito del corazón de cuantos la conocieron. Hoy vi las lágrimas incesantes de sus nietos, la mirada compungida de sus hijos, los pañuelos empapados de sus vecinos y los ropajes oscuros de algunos que, como yo, asistíamos al sepelio con la esperanza de servir de apoyo a sus dolientes, aún siendo conscientes de que no podríamos disminuir la magnitud de su dolor. Por desgracia lo que no alcancé a atisbar fue la compasión del párroco, que repitió palabra por palabra la fórmula común y cristiana que se emplea en todas las situaciones. Siempre la misma voz impersonal, el mismo protocolo, las mismas epístolas vacías de otro sentido que no sea la mera tradición. La ceremonia estuvo cargada de divinidades, pero vacía de humanidad. Apenas se mencionó el nombre de la difunta un par de veces, siempre dentro del hueco cuidadosamente reservado en el protocolo para ello.
Antes los rituales funerarios tenían como fin asegurar el buen camino para el alma que partía, ya fuese hacia la resurrección o hacia un supuesto mundo mejor en el que se reuniera con sus ancestros y su creadora original. Aunque todas las ceremonias dentro de una misma religión tenían algo en común, siempre se reservaba alguna porción individual. Algunos ritos ancestrales no contaminados por las religiones expansionistas aún lo hacen. Pero por lo que he podido observar esta tarde, la cristiana sólo aplica una serie preestablecida e impersonal de vocablos, carentes de singularidad o de recuerdos de la maravillosa vida que ya no nos acompaña.
Tengo la esperanza de que la mayoría de los asistentes estuvieran dedicándose a recordar las hazañas reales o imaginarias de la brava señora, a quien desgraciadamente no tuve la oportunidad de conocer. Estoy muy segura de que todos sus amigos y familiares tendrían numerosos recuerdos agolpados en la mente luchando por salir, o deseando ser eliminados para limitar el dolor de la pérdida. Ésa fue en realidad la verdadera y genuina liturgia.
Antes los rituales funerarios tenían como fin asegurar el buen camino para el alma que partía, ya fuese hacia la resurrección o hacia un supuesto mundo mejor en el que se reuniera con sus ancestros y su creadora original. Aunque todas las ceremonias dentro de una misma religión tenían algo en común, siempre se reservaba alguna porción individual. Algunos ritos ancestrales no contaminados por las religiones expansionistas aún lo hacen. Pero por lo que he podido observar esta tarde, la cristiana sólo aplica una serie preestablecida e impersonal de vocablos, carentes de singularidad o de recuerdos de la maravillosa vida que ya no nos acompaña.
Tengo la esperanza de que la mayoría de los asistentes estuvieran dedicándose a recordar las hazañas reales o imaginarias de la brava señora, a quien desgraciadamente no tuve la oportunidad de conocer. Estoy muy segura de que todos sus amigos y familiares tendrían numerosos recuerdos agolpados en la mente luchando por salir, o deseando ser eliminados para limitar el dolor de la pérdida. Ésa fue en realidad la verdadera y genuina liturgia.
domingo, 13 de noviembre de 2011
Asfixiar, ahogar, estrangular, oprimir, apretarle la tráquea con firmeza en cada sueño viendo cómo patalea cada vez más despacio, hasta que su estúpido cuerpo queda completamente laxo. ¿Y todo para qué? Para repetir mañana la noche de hoy. Las mismas manos. Los mismos quince años. La misma mirada vidriosa. La misma cara azul pálido. La misma falta de emociones mientras siento sus cartílagos chocar contra sus cuerpos vertebrales. ¿Por qué su cuello ofrece tan poca resistencia? Siempre pensé que necesitaría más fuerza para estrangularlo, pero es como un merengue relleno de frutas. No noto la presión que ejerzo, sólo el movimiento oclusivo de su laringe cerrándose cada vez más hasta que sus movimientos convulsivos cesan. Ya no hay espasmos intentando suplicar clemencia, pero perduran los oídos sordos a la compasión. El asesinato onírico se repetirá con las próximas tinieblas. Tú con el pelo largo, yo con la mirada enfurecida. Ni siquiera existe una trama anterior que justifique el acto, nada antes de ese momento maquiavélico. Puede que me arrepienta de no haberlo hecho realidad cuando pude. Quizá por eso me desquito repetidamente en el presente.
Da igual cuántas veces lo analice. El maldito sueño recurrente se escapa incluso a los círculos lanudos que cuelgan de mi cabecero. Nada impide que te asfixie noche tras noche. Mis manos engarfiadas y tu cabeza golpeando contra el suelo duro de cemento mientras caes de nuevo de espaldas. Siempre caes de espaldas y sobrevives, como una suerte de gato invertido, para que pueda rematarte personalmente. Ni siquiera me apartas con las manos cuando ves que me acerco. Parece que desees que todo acabe por unas horas, hasta que resucites un día después para volver a morir. El bucle continuará eternamente con los mismos personajes. Tu nunca crecerás y supongo que yo jamás dejaré de odiarte. Feliz entierro temporal.
Da igual cuántas veces lo analice. El maldito sueño recurrente se escapa incluso a los círculos lanudos que cuelgan de mi cabecero. Nada impide que te asfixie noche tras noche. Mis manos engarfiadas y tu cabeza golpeando contra el suelo duro de cemento mientras caes de nuevo de espaldas. Siempre caes de espaldas y sobrevives, como una suerte de gato invertido, para que pueda rematarte personalmente. Ni siquiera me apartas con las manos cuando ves que me acerco. Parece que desees que todo acabe por unas horas, hasta que resucites un día después para volver a morir. El bucle continuará eternamente con los mismos personajes. Tu nunca crecerás y supongo que yo jamás dejaré de odiarte. Feliz entierro temporal.
domingo, 23 de octubre de 2011
¿De verdad se ha acabado?
¿Seguro que podemos respirar tranquilos?
¿Puedo confiar en que todo el peligro ha pasado? ¿En que jamás tendré que temer por mi vida o por la de mis compañeros? ¿En que nadie más necesitará revisar los bajos de su coche en busca de explosivos antes de subirse inocentemente al mismo para ir a trabajar, o a llevar a sus hijos al colegio, o a visitar a unos amigos? ¿En que los simulacros de bomba pasen de completamente imprescindibles a una mera anécdota que se realiza más por costumbre que por verdadera seguridad? ¿Podremos por una vez disfrutar de la compañía de nuestros familiares vascos sin temer que cada palabra y cada gesto pueden ser los últimos? ¿Es posible que se acaben los escoltas obligados, las extorsiones, los asesinatos, las malas noticias, los secuestros, los funerales ceremoniosos y el terror? ¿Puede ser que la espiral de represión y odio se haya terminado?
No tengo respuesta para la mitad de éstas preguntas y eso resulta casi tan inquietante como plantearlas siquiera. Sólo queda la esperanza, que por lo visto es lo último que se pierde.
¿Seguro que podemos respirar tranquilos?
¿Puedo confiar en que todo el peligro ha pasado? ¿En que jamás tendré que temer por mi vida o por la de mis compañeros? ¿En que nadie más necesitará revisar los bajos de su coche en busca de explosivos antes de subirse inocentemente al mismo para ir a trabajar, o a llevar a sus hijos al colegio, o a visitar a unos amigos? ¿En que los simulacros de bomba pasen de completamente imprescindibles a una mera anécdota que se realiza más por costumbre que por verdadera seguridad? ¿Podremos por una vez disfrutar de la compañía de nuestros familiares vascos sin temer que cada palabra y cada gesto pueden ser los últimos? ¿Es posible que se acaben los escoltas obligados, las extorsiones, los asesinatos, las malas noticias, los secuestros, los funerales ceremoniosos y el terror? ¿Puede ser que la espiral de represión y odio se haya terminado?
No tengo respuesta para la mitad de éstas preguntas y eso resulta casi tan inquietante como plantearlas siquiera. Sólo queda la esperanza, que por lo visto es lo último que se pierde.
domingo, 16 de octubre de 2011
Últimamente me he planteado el deseo de regresar a un estado anterior, más primitivo si se le quiere llamar así. Un momento en el que se cazara para sobrevivir, pero considerando al animal atrapado como un espíritu venerable que presta su cuerpo para tu supervivencia; con un espeto hacia el resto de seres vivos que se perdió hace demasiado tiempo. Regresar a un pasado en el que la tibieza del Sol se agradeciera al sentirla sobre la piel desnuda de un brazo, en lugar de temerla por sus efectos cancerígenos. Algún tiempo en el que las personas no vivía en familias ordenadas política y legalmente, agrupadas a su vez de forma artificial en conjuntos de casas y no de hogares, en ciudades en lugar de clanes; la agrupación es ahora tan fría e impersonal que la mayoría han olvidado el sentimiento grupal que produce la convivencia y la sensación de unidad que otorga encaminar a un gran grupo de personas hacia un fin común, ya sea una mejora social o la construcción engañosamente simple de una canoa. Me gustaría regresar al tiempo en el que la magia y la ciencia no estaban reñidas, en el que la vida no se basaba en opiniones ajenas completamente arbitrarias si no en cualidades factibles y mensurables como la capacidad de contar bien una historia o de tejer un canasto fuertemente para hacerlo impermeable. En el que el valor de un objeto residía en la calidad de sus materiales y la habilidad que se había demostrado confeccionándolo, tallándolo o decorándolo con los límites que la imaginación y la propia materia imponían. Deseo volver al momento en el que la importancia de una vida era independiente de las posesiones de un humano. En el que los ritos funerarios se realizaban para ayudar al alma del difunto a cruzar al otro lado o a renacer formando un nuevo ser, y no para demostrar la elegancia, distinción o riqueza de una estúpida y amanerada "familia" que ignoró a esa persona hasta el último momento.
Puede que en resumen mi idea del pasado se base en una mirada idílica, romántica e irreal que olvida los males que el progreso ha eliminado, pero veo en la vida primitiva un conjunto de riesgos y bendiciones que sin duda se han perdido. Hemos modificado tanto nuestra propia naturaleza y la belleza magnífica que nos rodea que hemos olvidado nuestra propia condición animal, y eso es algo que, a mi parecer, debemos esforzarnos por recordar.
Puede que en resumen mi idea del pasado se base en una mirada idílica, romántica e irreal que olvida los males que el progreso ha eliminado, pero veo en la vida primitiva un conjunto de riesgos y bendiciones que sin duda se han perdido. Hemos modificado tanto nuestra propia naturaleza y la belleza magnífica que nos rodea que hemos olvidado nuestra propia condición animal, y eso es algo que, a mi parecer, debemos esforzarnos por recordar.
domingo, 2 de octubre de 2011
Mañana empiezo en un lugar nuevo. Llevo todo el verano esperando a que llegara el siglo XVI y cuando quedan sólo unas horas para que me atropelle me doy cuenta de cuánto me aterroriza. No alcanzo a entender por qué no me había enterado de mi propio temor hasta ahora. Puede que se haya mantenido agazapado todo este tiempo, esperando para saltar sobre mí y rebelarse en toda su inmensidad. No hay duda de que la entrada ha sido histriónica. En un segundo he vuelto al primer día de colegio en mi nueva ciudad. Entonces llegué completamente en blanco, habiendo dejado atrás mi vida anterior por completo. Ahora comparezco casi igual de inmaculada, queda muy poco del pasado que quiera mantener, sólo un par o tres de personas que se comportaron impecablemente. Puede que sean suficientes, no lo sé, desconozco cómo se cuantifica la amistad. En algún momento de mi vida creí que tenía toda la que necesitaba, pero comprobé cuan equivocada estaba poco después. Todo un desfiladero se ha derrumbado ante mis ojos sin que quedara nada por hacer para recomponerlo. En algún momento alguien me dijo que los kanjis utilizados para escribir "crisis" en japonés eran los correspondientes a "peligro" y "oportunidad". Así es, soy una persona esencialmente empírica y lo he comprobado. No se trata de otra absurda leyenda urbana. Puede que aquel desprendimiento estuviera destinado a mostrarme el futuro diáfano que se ocultaba a mi vista, pleno de posibilidades. Es posible que resurja de mis cenizas como el ave fénix, pero para ello necesito apartar los cascotes, echarle valor y empezar a caminar. Les deseo suerte a los cantos caídos.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Hace muy poco me tocó batallar contra un dragón indomable que muchos de mis compatriotas han sufrido, más con mala suerte que otra cosa, en algún momento de su vida. El señor Larra ya escribió sobre las mieles que este monstruo puede proporcionar, seguido muy de cerca por Arturo Pérez Reverte y algunos otros hombres y mujeres de tinta y pergamino más. Muchos monologuistas han contado a base de chascarrillos las penurias que ese engendro les ha hecho pasar. Ninguno de nosotros ha salido airoso de tan tremendo enfrentamiento, básicamente porque el bicho contra el que luchamos está situado en una posición de poder. La alimaña en cuestión no es, ni más ni menos, que la burocracia española unida al sentimiento de superioridad del funcionario común.
Uno tiende a pensar que estando en el siglo XXI los problemas derivados de las inevitables gestiones administrativas habrían de estar solucionados, nada más lejos de la verdad. La cruda realidad es, señoras y señores, que las nuevas tecnologías sólo han conseguido emborronar aún más el largo camino de cada trámite que un ser humano medio ha de realizar a lo largo de su vida. Antes, para conseguir que te renovaran el DNI, el único medio del que disponías era hacer cola en la oficina de tu elección y esperar pacientemente con tu foto de carnet (en la que obviamente nunca se sale favorecido, milagros de la impresión fotográfica) y tu carnet antiguo. Ahora, además de eso, es necesario pasar entre dos y tres semanas llamando a un 902 para conseguir una cita de renovación antes del siglo que viene. Cualquiera pensaría que eso significa ahorrarse la espera en la citada oficina, pero no.
En el caso de una matrícula para cualquier estudio que se quiera cursar, fuera de la primaria y secundaria obligatoras, según la página web de la Comunidad de Madrid (en otras comunidades desconozco el guirigay que tienen en cuanto a documentación se refiere, pero no se alejará mucho de este) sólo es necesaria una fotocopia de tu tarjeta de selectividad, que por ende no es ni mucho menos una tarjeta, si no un mero boletín de notas con el nombre cambiado. Pero en el momento de realizar tu matrícula descubres que te requieren, nada más y nada menos que los siguientes artículos: fotocopia de la tarjeta de selectividad, fotocopia del historial de calificaciones de bachillerato, fotocopia del DNI, matrícula cumplimentada debidamente y por triplicado, foto de carnet y fotocopia del resguardo bancario resultante de haber realizado el pago del certificado de bachillerato. Y todos los originales correspondientes sellados y vueltos a sellar por las autoridades pertinentes.
Cuando se trata de cualquier otro tipo de papeleo la cosa no mejora, incluso se complica al tocar el ámbito de lo laboral, sanitario o territorial. El problema es que los ordenadores y la administración pública no se llevan bien, por muchos cursillos de informática que se impartan a sus empleados y a pesar de la ingente cantidad de tiempo y dinero que se invierta en la creación de webs informativas y programas de tratamiento de datos. La relación entre la burocracia y la tecnología no mejora lo más mínimo y en la desastrosa batalla por su ajuste se lleva por delante a la multitud de ciudadanos que dependen de su buen funcionamiento.
Uno tiende a pensar que estando en el siglo XXI los problemas derivados de las inevitables gestiones administrativas habrían de estar solucionados, nada más lejos de la verdad. La cruda realidad es, señoras y señores, que las nuevas tecnologías sólo han conseguido emborronar aún más el largo camino de cada trámite que un ser humano medio ha de realizar a lo largo de su vida. Antes, para conseguir que te renovaran el DNI, el único medio del que disponías era hacer cola en la oficina de tu elección y esperar pacientemente con tu foto de carnet (en la que obviamente nunca se sale favorecido, milagros de la impresión fotográfica) y tu carnet antiguo. Ahora, además de eso, es necesario pasar entre dos y tres semanas llamando a un 902 para conseguir una cita de renovación antes del siglo que viene. Cualquiera pensaría que eso significa ahorrarse la espera en la citada oficina, pero no.
En el caso de una matrícula para cualquier estudio que se quiera cursar, fuera de la primaria y secundaria obligatoras, según la página web de la Comunidad de Madrid (en otras comunidades desconozco el guirigay que tienen en cuanto a documentación se refiere, pero no se alejará mucho de este) sólo es necesaria una fotocopia de tu tarjeta de selectividad, que por ende no es ni mucho menos una tarjeta, si no un mero boletín de notas con el nombre cambiado. Pero en el momento de realizar tu matrícula descubres que te requieren, nada más y nada menos que los siguientes artículos: fotocopia de la tarjeta de selectividad, fotocopia del historial de calificaciones de bachillerato, fotocopia del DNI, matrícula cumplimentada debidamente y por triplicado, foto de carnet y fotocopia del resguardo bancario resultante de haber realizado el pago del certificado de bachillerato. Y todos los originales correspondientes sellados y vueltos a sellar por las autoridades pertinentes.
Cuando se trata de cualquier otro tipo de papeleo la cosa no mejora, incluso se complica al tocar el ámbito de lo laboral, sanitario o territorial. El problema es que los ordenadores y la administración pública no se llevan bien, por muchos cursillos de informática que se impartan a sus empleados y a pesar de la ingente cantidad de tiempo y dinero que se invierta en la creación de webs informativas y programas de tratamiento de datos. La relación entre la burocracia y la tecnología no mejora lo más mínimo y en la desastrosa batalla por su ajuste se lleva por delante a la multitud de ciudadanos que dependen de su buen funcionamiento.
domingo, 28 de agosto de 2011
Hace poco, alguien con una mente preclara me descubrió que tengo la extraña necesidad de cuidar a aquellos que tengo a mi alrededor, y que puede que esa necesidad provenga del deseo de que ellos me cuiden a mi. En realidad puedo entender que alguien quiera ser cuidado y protegido, pero no comprendo por qué esa urgencia confluye al mismo tiempo con la de mostrar al mundo que no la necesito ¿es acaso otra forma de protegerme? A pesar de todo no puedo comprender por qué me empeño en proteger a mis cercanos cuando el movimiento jamás resulta ser recíproco, eso dejando a un lado que ellos no suelen querer que les cuides, aún cuando les demuestras que se observa mejor una situación viéndola desde fuera. Los esfuerzos denodados de cada ser humano individual para mantener a sus allegados seguros y a salvo suelen premiarse con recelo e indiferencia, llegando incluso al ostracismo. Intentar que otra persona se dé cuenta de los errores que comete, tan velados para ella y sin embargo obvios para ti; pretender que acepte sus deficiencias para evitar que algún desalmado se aproveche de ellas para producirle un dolor inconmensurable; recordarle sus aciertos de forma que comprenda que puede ser alguien maravilloso si se esfuerza, es algo que no siempre resulta ser bien recibido. Conseguir que cada individuo sobreviva a su propia estupidez puede llegar a convertirse en una batalla sin cuartel. Sin embargo aquellos que sufrimos por los problemas particulares de los demás sin necesidad solemos acabar chocando contra el muro de la desidia general.
domingo, 21 de agosto de 2011
Recomenzar tu vida social en un grupo nuevo asusta más de lo que la mayoría de los humanos estamos dispuestos a admitir. El temor se incrementa cuando la relación con tu grupo anterior aún no está cerrada. Incluso cuando ya has pasado por ese momento incómodo que supone ponerle punto y final a un conjunto de relaciones personales la sensación de que dejas cabos sueltos es continua. Si vives en una ciudad más o menos grande, como Madrid o Barcelona, las posibilidades de encontrarte con componentes de tu grupo anterior es relativamente baja, basta con cambiar la zona en la que te mueves, aun cuando no puedas trasladar tu vivienda. En ocasiones basta con subir o bajar un peldaño social. Pero si vives en un pueblo pequeño, sobre todo cuando está mal comunicado, los encontronazos son inevitables. En el caso de que la relación haya acabado de forma pacífica éstos encuentros casuales no suelen suponer un problema, otra historia es que la ruptura con la gente que querías y con la que has compartido varios años de tu vida se haya producido de manera abrupta.
En cualquier caso se requiere un esfuerzo consciente y casi continuo para depositar tu confianza en personas hasta el momento desconocidas para ti. En esa tarea no hay atajos posibles y en muchas ocasiones se trata de una inversión a largo plazo, que debe realizarse de forma cuidadosa. Hay quien se precipita a la hora de desnudar su personalidad, volcándola hacia los demás como quien arroja un cubo de agua sobre un incauto paseante. Otros la ocultan bajo millares de capas de indiferencia y convencionalismos, de manera que nunca sabes cuándo los conoces realmente. La dificultad estriba en mantener un término medio entre ambas acciones. El proceso puede complicarse a veces, ya que es imposible alcanzar una comprensión total con todos los integrantes del conjunto, pero puede compensarse la falta de confianza con una amabilidad bien conducida. En ocasiones son las costumbres propias del grupo las que hacen recelar. Puede llegar a producirse un choque cultural comparable a la colisión de un meteoro con la superficie terrestre. Los síntomas suelen ser una leve conmoción seguida de un estado absoluto de incredulidad; pero poco a poco van remitiendo sin necesidad de tratamiento farmacológico hasta que tales extravagancias se asumen como hechos normales e incluso deseables. El ajuste progresivo continuará hasta que el nuevo elemento se integre como propio o sea expulsado por su incompatibilidad inexcusable.
En cualquier caso se requiere un esfuerzo consciente y casi continuo para depositar tu confianza en personas hasta el momento desconocidas para ti. En esa tarea no hay atajos posibles y en muchas ocasiones se trata de una inversión a largo plazo, que debe realizarse de forma cuidadosa. Hay quien se precipita a la hora de desnudar su personalidad, volcándola hacia los demás como quien arroja un cubo de agua sobre un incauto paseante. Otros la ocultan bajo millares de capas de indiferencia y convencionalismos, de manera que nunca sabes cuándo los conoces realmente. La dificultad estriba en mantener un término medio entre ambas acciones. El proceso puede complicarse a veces, ya que es imposible alcanzar una comprensión total con todos los integrantes del conjunto, pero puede compensarse la falta de confianza con una amabilidad bien conducida. En ocasiones son las costumbres propias del grupo las que hacen recelar. Puede llegar a producirse un choque cultural comparable a la colisión de un meteoro con la superficie terrestre. Los síntomas suelen ser una leve conmoción seguida de un estado absoluto de incredulidad; pero poco a poco van remitiendo sin necesidad de tratamiento farmacológico hasta que tales extravagancias se asumen como hechos normales e incluso deseables. El ajuste progresivo continuará hasta que el nuevo elemento se integre como propio o sea expulsado por su incompatibilidad inexcusable.
domingo, 14 de agosto de 2011
Siempre había creído que en el planeta sólo quedaba mala gente que se divertía puteando a los demás. Es fácil observar ese punto de vista en las entradas pasadas de este blog, pero hace 2 días me ocurrió algo que ha hecho que desarrolle un poquito de esperanza en el futuro moral de la humanidad. Verán, el jueves de ésta semana perdí mi cartera en un autobús de mi ciudad. Su contenido, aunque no era muy valioso, componía mi documentación, carnets de las bibliotecas a las que estoy suscrita, billetes de diversos autobuses y aproximadamente 23 euros en efectivo. Puse una denuncia por teléfono y el día siguiente me desplacé hasta la comisaría para ratificiarla, ya que la administración pública no admite renovaciones de D.N.I sin la denuncia correspondiente. Me pasé todo el viernes llamando a la empresa que lleva el servicio de autobuses, sin éxito, porque no conseguí que me cogieran el teléfono. El viernes fui a la oficina de objetos perdidos de la empresa gracias a las indicaciones de uno de los conductores del autobús y allí me dijeron que no habían recibido ninguna cartera como la mía y que preguntase el martes de la semana que viene, a ver si tenía suerte y lo mandaban durante el fin de semana desde alguna de las cocheras; pero que si no que me diese por vencida porque ya no había nada más que hacer. Volví a mi casa y cuando miré el buzón para recoger el correo... ¡Allí estaba! Mi cartera, en perfectas condiciones y con su contenido intacto, además de una nota del ángel que la encontró con el número de teléfono escrito. Llamé para agradecerle su gesto generoso y una amable señora me explicó que se la había encontrado en el autobús ese mismo jueves en que yo la perdí y que había decidido regresármela en persona para asegurarse de que no le ocurriera ninguna vicisitud más al pobre saquito de cuero. Gracias a ésta excepcional persona he recuperado mi confianza en el ser humano común.
domingo, 31 de julio de 2011
Te odio. Espero que te sientas muy orgulloso de tus actos porque a mi no pueden parecerme menos que deplorables. La forma en que te comportaste es, como mínimo, desagradecida, aunque yo la calificaría de egoísta, cruel y despiadada. No entiendo como una persona que se supone que te quiere puede cambiar de opinión con tanta rapidez. Apenas 3 horas después de reencontrarte conmigo decretaste que no querías seguir con ello. ¿Unas horas son suficientes para tomar una decisión pero el mes anterior no? ¿No crees que deberías haber tenido el mínimo de cortesía como para no hacerme perder un mes de mi vida libre esperándote? Arruinarme medio verano no te pareció suficiente. Lo que más me revienta es que intentaras maquillar tu inmadurez. La sentencia no nació de la compasión si no de tu falta de responsabilidad para con los sentimientos ajenos.
Cuando todo empezó me pidieron que me quitara las armaduras, y me las quité; que asumiese lo que sentía, y lo asumí; me aconsejaron que confiara, y yo, que debo ser estúpida, confié. Todo para que un alguien que no se merecía tales esfuerzos se dedicara a retorcerme el estómago hasta que el ácido que contenía me corroyera, sin molestarse siquiera en perder la entereza ante mi agonía. Gracias por los consejos, almas caritativas. Mirad lo bien que me ha ido escuchándolos.
Cuando todo empezó me pidieron que me quitara las armaduras, y me las quité; que asumiese lo que sentía, y lo asumí; me aconsejaron que confiara, y yo, que debo ser estúpida, confié. Todo para que un alguien que no se merecía tales esfuerzos se dedicara a retorcerme el estómago hasta que el ácido que contenía me corroyera, sin molestarse siquiera en perder la entereza ante mi agonía. Gracias por los consejos, almas caritativas. Mirad lo bien que me ha ido escuchándolos.
domingo, 24 de julio de 2011
Tengo dudas sobre mi futuro. Durante los cuatro cursos de E.S.O. piensas en el tipo de bachillerato que harás. Cuando cursas tu último año como bachiller tienes como objetivo acabar los exámenes finales y presentarte a los de selectividad. Mientras haces selectividad tu mira está puesta en la entrega de las notas y en la carrera que harás con las que obtengas. El esfuerzo sostenido da, o no, los frutos que encaminarán tu futuro. Pero cuando los frutos que esperabas no son los que obtienes las dudas se multiplican. Puede que no alcances nota necesaria para entrar en tu grado soñado, o que ni siquiera sepas si debes entrar en el que te ha sido adjudicado, incluso si entraba dentro de tus opciones. Te planteas si volver a un instituto para estudiar un módulo de grado superior será dar un paso atrás en tu vida o si por el contrario deberías comenzar una carrera universitaria que no se ajusta a tu forma de pensar. Tomar ciertas decisiones sin disponer de todos los datos necesarios te llena de inseguridad, pero escoger una ruta sabiendo que la otra se te cierra casi por completo provoca sensaciones igualmente perturbadoras. El estómago se encoge como golpeado por una mala noticia, aún más si las personas a tu alrededor ven tu decisión como un error fatal. Agotar cada opción que existe para alcanzar tu felicidad parece la opción más lógica; pero lanzarse al vacío sin red puede conllevar más riesgo del que se está dispuesto a asumir. Aún así sé que si me conformo con cualquier otra carrera no dejaré de reprocharme haberlo hecho y siempre tendré la sensación de haber sido una conformista, cómoda, cobarde, por no haberme arriesgado en contra de la opinión de todos.
domingo, 3 de julio de 2011
Ahora que la mayoría de los humanos que habitan mi ciudad/pueblo han emigrado a zonas algo menos cálidas en el norte o igual de cálidas en el sur pero remojadas por un pedacito de mar parcialmente contaminado, todas con la esperanza de evitar la obvia y segura posibilidad de derretirse sobre el asfalto, me asaltan cuestiones sobre la confianza y la sinceridad. ¿Por qué es más fácil confiar en aquellos que se encuentran a tu lado? ¿Por qué durante una llamada por conferencia todo suena a verdad parcial o a mentira completa? ¿Es por ello que las relaciones a distancia, tanto sexuales como de amistad, no suelen funcionar?
Es medianamente fácil confiar en una persona que se encuentra cerca, porque tienes multitud de ocasiones para cazarla en una mentira, tú lo sabes y ella también, así que esa persona se preocupa de mentirte lo menos posible o de hacerlo tan bien que sea imposible que te des cuenta. Pero cuando os encontráis separados por más de 500 kilómetros las oportunidades para engañar a tu interlocutor se magnifican. Es por ello que surgen los malentendidos y demás errores lingüísticos. Cada retraso en una cita para chatear sugiere un olvido por parte del otro, como si se estuviera divirtiendo tanto que no le merece la pena molestarse en recordar que tu le estás esperando al otro lado del WiFi, cada minuto que pasa duele como una puñalada, aún más si ése encuentro es el único en semanas, aunque en realidad la causa de su tardanza sea un autobús tardón o un ADSL prehistórico. Los plantones son aún más devastadores, evocan un olvido aún mayor, más o menos de 90-60-90, metro ochenta y ojos verdes. El abandono crea unas turbulencias anímicas características que se ven agravadas en cada ocasión, pudiendo incluso desencadenar el más temible de los tifones, que no atendería a excusas ni a súplicas de perdón. Ha de tenerse especial cuidado con éstos fenómenos meteorológicos, porque son totalmente imprevisibles.
Es medianamente fácil confiar en una persona que se encuentra cerca, porque tienes multitud de ocasiones para cazarla en una mentira, tú lo sabes y ella también, así que esa persona se preocupa de mentirte lo menos posible o de hacerlo tan bien que sea imposible que te des cuenta. Pero cuando os encontráis separados por más de 500 kilómetros las oportunidades para engañar a tu interlocutor se magnifican. Es por ello que surgen los malentendidos y demás errores lingüísticos. Cada retraso en una cita para chatear sugiere un olvido por parte del otro, como si se estuviera divirtiendo tanto que no le merece la pena molestarse en recordar que tu le estás esperando al otro lado del WiFi, cada minuto que pasa duele como una puñalada, aún más si ése encuentro es el único en semanas, aunque en realidad la causa de su tardanza sea un autobús tardón o un ADSL prehistórico. Los plantones son aún más devastadores, evocan un olvido aún mayor, más o menos de 90-60-90, metro ochenta y ojos verdes. El abandono crea unas turbulencias anímicas características que se ven agravadas en cada ocasión, pudiendo incluso desencadenar el más temible de los tifones, que no atendería a excusas ni a súplicas de perdón. Ha de tenerse especial cuidado con éstos fenómenos meteorológicos, porque son totalmente imprevisibles.
domingo, 26 de junio de 2011
Siempre he mantenido la guardia. Es la única forma de protegerse. Los únicos momentos en los que me he permitido desprenderme de mis escudos han tenido resultados desastrosos. Sin embargo alguien me sugirió hace muy poco que me deshiciera de ellos. Se supone que eliminarlos me hará más fuerte, pero yo sólo veo deficiencias en la mera idea de seguir el consejo. Si los escudos desaparecen estaré expuesta a todo cuanto puede agredirme.
domingo, 5 de junio de 2011
Llevo un año estudiando CTM (Ciencias de la Tierra y el Medio ambiente). Escogí ésa asignatura porque siempre me ha importado la ecología y me parecía importante estudiarla desde una perspectiva científica y asegurada. Pero desde que acabé el curso he estado pensando si realmente las soluciones que proponía en cada ejercicio para dar salida a los errores más comunes cometidos en todos los ámbitos de las actuaciones humanas eran realmente viables. Aún teniendo en cuenta que a la mayoría de la gente le da exactamente igual lo que ocurra con el medio en el que viven. Siempre había considerado, puede que más por autoconvencimiento que por una seguridad real en esa misma idea, que con el número adecuado de campañas publicitarias, la cantidad suficiente de educación ciudadana y una combinación exacta de presión social y concienciación por parte de las empresas al final conseguiríamos alcanzar la meta del desarrollo sostenible y la convivencia en armonía con el medio ambiente.
Hoy me he dado cuenta de que estaba equivocada. Es imposible que podamos alcanzar esos objetivos, incluso cambiando nuestro modo de vida de forma radical. Desgraciadamente lo he entendido leyendo un libro sobre un hombre que acaba de ser padre y se cuestiona el origen del alimento que proporcionará a su hijo. En este libro se explica de forma detallada el origen cuestionable desde la moral de los alimentos que consumimos diariamente. Sólo voy por la mitad, pero ya he comprendido por qué mis ejercicios de CTM en realidad no pueden proporcionar soluciones a los problemas constantes a los que se enfrenta la humanidad. Somos demasiados. Demasiadas personas ejerciendo presión sobre la superficie del planeta, demasiada gente consumiendo recursos, requiriendo energía eléctrica y medicamentos, un exceso de población mundial necesitando casas, colegios y hospitales. El planeta no puede dar cobijo ni siquiera a la mitad.
Soy consciente de que algún lector con falta de comprensión y criterio confundirá ésta idea y creerá que éste ensayo apoya el genocidio para solucionar los problemas ambientales que asolan al planeta en que vivimos. En realidad no es así. No puedo concebir una idea más desagradable que la de asesinar a sangre fría a una parte de la población para que la otra pueda vivir tranquilamente consumiendo los recursos que ni siquiera le son legítimos. Además se encuentra ante nosotros un conflicto moral excesivamente complejo. No quiero destruir a la mitad de la raza humana, ni otorgarle a unos el privilegio de la vida mientras a otros se lo niego. Precisamente en ello está el dilema: ¿cómo podemos criticar las granjas industriales cuando sólo gracias a ellas alimentamos a la ingente cantidad de hombres y mujeres vivos actualmente? ¿Cómo del mismo modo nos permitimos contaminar ríos, agua y suelo de forma irreparable con los desechos de esas mismas granjas industriales? ¿Cómo podemos vivir proponiendo soluciones ecológicas a un problema de superpoblación creciente que nos obliga a tomar las vías menos responsables con el planeta?
En algún momento durante el curso de 1º de Bachillerato me mostraron un documental de National Geografic en el que nos explicaban las causas lógicas para considerar al ser humano un cáncer. En ese vídeo demostraban que la especie común de hormigas es vital para la supervivencia del planeta, sin ellas la mayoría de los ecosistemas se desmoronarían. Sin embargo, si el ser humano desapareciera de la faz de la Tierra, no ocurriría nada grave, incluso le haríamos un favor a este satélite solar eliminando a la única especie que no le da un respiro.
Hoy me he dado cuenta de que estaba equivocada. Es imposible que podamos alcanzar esos objetivos, incluso cambiando nuestro modo de vida de forma radical. Desgraciadamente lo he entendido leyendo un libro sobre un hombre que acaba de ser padre y se cuestiona el origen del alimento que proporcionará a su hijo. En este libro se explica de forma detallada el origen cuestionable desde la moral de los alimentos que consumimos diariamente. Sólo voy por la mitad, pero ya he comprendido por qué mis ejercicios de CTM en realidad no pueden proporcionar soluciones a los problemas constantes a los que se enfrenta la humanidad. Somos demasiados. Demasiadas personas ejerciendo presión sobre la superficie del planeta, demasiada gente consumiendo recursos, requiriendo energía eléctrica y medicamentos, un exceso de población mundial necesitando casas, colegios y hospitales. El planeta no puede dar cobijo ni siquiera a la mitad.
Soy consciente de que algún lector con falta de comprensión y criterio confundirá ésta idea y creerá que éste ensayo apoya el genocidio para solucionar los problemas ambientales que asolan al planeta en que vivimos. En realidad no es así. No puedo concebir una idea más desagradable que la de asesinar a sangre fría a una parte de la población para que la otra pueda vivir tranquilamente consumiendo los recursos que ni siquiera le son legítimos. Además se encuentra ante nosotros un conflicto moral excesivamente complejo. No quiero destruir a la mitad de la raza humana, ni otorgarle a unos el privilegio de la vida mientras a otros se lo niego. Precisamente en ello está el dilema: ¿cómo podemos criticar las granjas industriales cuando sólo gracias a ellas alimentamos a la ingente cantidad de hombres y mujeres vivos actualmente? ¿Cómo del mismo modo nos permitimos contaminar ríos, agua y suelo de forma irreparable con los desechos de esas mismas granjas industriales? ¿Cómo podemos vivir proponiendo soluciones ecológicas a un problema de superpoblación creciente que nos obliga a tomar las vías menos responsables con el planeta?
En algún momento durante el curso de 1º de Bachillerato me mostraron un documental de National Geografic en el que nos explicaban las causas lógicas para considerar al ser humano un cáncer. En ese vídeo demostraban que la especie común de hormigas es vital para la supervivencia del planeta, sin ellas la mayoría de los ecosistemas se desmoronarían. Sin embargo, si el ser humano desapareciera de la faz de la Tierra, no ocurriría nada grave, incluso le haríamos un favor a este satélite solar eliminando a la única especie que no le da un respiro.
domingo, 22 de mayo de 2011
Se han ido. Sólo unos pocos han permanecido más o menos donde se encontraban en un principio. ¿Qué se hace cuando te traicionan, cuando mienten, cuando huyen? En realidad no quiero que se queden, pero me gustaría saborear una pizca de verdad, saber los motivos reales. De algunos me lo esperaba, pero otros muchos me han demostrado que en realidad siempre se cambia para peor. Lo que nunca imaginé es que sería de la forma más burda. Ni siquiera se molestaron en despedirse. Sencillamente desaparecieron. El pequeño grupo inicial se desmigaja, cada vez más deprisa. Sabía que todos nos separaríamos alguna vez, pero no imaginé que sería de este modo. Alguien muy estúpido me dijo que un año más no cambiaría nada, pero en la actualidad puedo ver la totalidad de su mentira. Parece que sólo estuviera esperando lo inevitable y al mismo tiempo acuciando su llegada. Entretanto me engañó, haciéndome creer que las personas a quienes decidí querer estarían siempre a mi lado. Ahora me pregunto si en algún momento me quiso de verdad. No puedo creer que alguien que realmente sintió cariño hacia una persona pueda abandonarla sin lamentar lo más mínimo su pérdida. Quiero creer que es mejor de éste modo, pero no soy tan buena mintiendo. Cuando acabe la próxima etapa probablemente no me quede nada a lo que aferrarme. Entonces caeré al vacío, habiendo perdido toda cuerda de seguridad. Quién sabe si algún día podré emerger de nuevo y confiar en alguien más.
domingo, 8 de mayo de 2011
Una sabia profesora me explicó una vez que el ser humano da de sí exactamente hasta donde le exigen. Puede considerarse una alegoría de la complacencia, pero veo en esa frase el conocimiento que otorgan numerosos años de enseñanza. Si el hombre se esfuerza hasta alcanzar los objetivos que se le marcan, independientemente del tiempo y el sudor que en ello deban confluir, la creación de metas supuestamente inalcanzables sacarán de él sus más profundas ansias de superación. Por el contrario si seguimos el ejemplo de aquellos que creen que el hombre es limitado, que no puede dar más de sí, frenaremos la progresión exponencial que debiera experimentar.
Otra maestra me dijo, puede que de pasada pero ahora vislumbro en ello la intención inconsciente de sembrar la respuesta rebelde, que los expertos catedráticos de la universidad, esos intelectuales de camisa y corbata, pensaban sin duda alguna que los bachilleres no eran capaces de leer los textos complejos que se incluían en una de esas pruebas de evaluación determinantes, y un tanto absurdas, del futuro de los estudiantes en cuestión. También argumentaban la patológica incomprensión de las columnas de opinión, textos filosóficos y científicos que en esos mismos exámenes se incluían. Incluso argumentaban la inutilidad de cierta cuestión de reflexión personal tan pobremente puntuada, suponiendo que las cabezas de los escolarizados estaban vacías de ideas propias. En resumen, esos antiguos revolucionarios del mayo francés, herederos de Sartre, Nietzsche y Rousseau; agitadores que obligaban la permanencia de los grises en los campus, pirómanos de lencería femenina, negadores de las cuchillas de afeitar, fervientes defensores de la libertad parcial y engañosamente otorgada por una relativa ley de 1966 promulgada por cierto político cenozoico casi retirado; esos antiguos discípulos de comunistas creen, sin miramientos, que los estudiantes en nuestro heterogéneo conjunto no sabemos pensar. Debe ser escalofriante enseñar desconfiando de la capacidad inventiva general. Puede que esa sea la causa de que las pruebas en general no motiven la reflexión personal del examinado. Tal vez por eso se restrinja el espacio, para evitar que los insurrectos que horriblemente reflexionan perturben la normalidad. Pero precisamente por ese descreimiento son ciegos ante la asombrosa realidad:
Los bachilleres en general leemos cuanto cae en nuestras manos, preferentemente a gratuidad, porque por desgracia nuestro oficio es uno de los pocos con salario negativo. No es casualidad que las bibliotecas estén normalmente pobladas por una subespecie de humanoide que ha colonizado estos espacios protegidos de forma progresiva. El Homo Scholasticus se ha adaptado al clima de los edificios densamente poblados por una rara especie que constituye su mayor fuente de alimento mental. Esta rara especie, nutrida por esos volúmenes carentes de precio pero no de valor, comunica sus ideas con pasión, sabiendo que debe continuar con la labor reformista que ya iniciaron quienes cuestionan sus capacidades. Lo más normal es que las ideas surgidas del pensamiento libre y la comunicación exaustiva aterroricen a esos hijos de la revolución, ahora acomodados en sus cátedras, pero resulta complicado imaginar cómo alguien que confía en que sus sucesores puedan arreglar los problemas que él mismo no ha podido solucionar dude con tanta claridad de quienes deben relevarle. Si ustedes pensaron y revolucionaron un país hasta convertir una dictadura opresiva en una democracia liberadora, ¿por qué cuestionan nuestra capacidad para continuar con la tarea y convertir a la estúpida humanidad en una especie de la que otras puedan sentirse orgullosas?
Otra maestra me dijo, puede que de pasada pero ahora vislumbro en ello la intención inconsciente de sembrar la respuesta rebelde, que los expertos catedráticos de la universidad, esos intelectuales de camisa y corbata, pensaban sin duda alguna que los bachilleres no eran capaces de leer los textos complejos que se incluían en una de esas pruebas de evaluación determinantes, y un tanto absurdas, del futuro de los estudiantes en cuestión. También argumentaban la patológica incomprensión de las columnas de opinión, textos filosóficos y científicos que en esos mismos exámenes se incluían. Incluso argumentaban la inutilidad de cierta cuestión de reflexión personal tan pobremente puntuada, suponiendo que las cabezas de los escolarizados estaban vacías de ideas propias. En resumen, esos antiguos revolucionarios del mayo francés, herederos de Sartre, Nietzsche y Rousseau; agitadores que obligaban la permanencia de los grises en los campus, pirómanos de lencería femenina, negadores de las cuchillas de afeitar, fervientes defensores de la libertad parcial y engañosamente otorgada por una relativa ley de 1966 promulgada por cierto político cenozoico casi retirado; esos antiguos discípulos de comunistas creen, sin miramientos, que los estudiantes en nuestro heterogéneo conjunto no sabemos pensar. Debe ser escalofriante enseñar desconfiando de la capacidad inventiva general. Puede que esa sea la causa de que las pruebas en general no motiven la reflexión personal del examinado. Tal vez por eso se restrinja el espacio, para evitar que los insurrectos que horriblemente reflexionan perturben la normalidad. Pero precisamente por ese descreimiento son ciegos ante la asombrosa realidad:
Los bachilleres en general leemos cuanto cae en nuestras manos, preferentemente a gratuidad, porque por desgracia nuestro oficio es uno de los pocos con salario negativo. No es casualidad que las bibliotecas estén normalmente pobladas por una subespecie de humanoide que ha colonizado estos espacios protegidos de forma progresiva. El Homo Scholasticus se ha adaptado al clima de los edificios densamente poblados por una rara especie que constituye su mayor fuente de alimento mental. Esta rara especie, nutrida por esos volúmenes carentes de precio pero no de valor, comunica sus ideas con pasión, sabiendo que debe continuar con la labor reformista que ya iniciaron quienes cuestionan sus capacidades. Lo más normal es que las ideas surgidas del pensamiento libre y la comunicación exaustiva aterroricen a esos hijos de la revolución, ahora acomodados en sus cátedras, pero resulta complicado imaginar cómo alguien que confía en que sus sucesores puedan arreglar los problemas que él mismo no ha podido solucionar dude con tanta claridad de quienes deben relevarle. Si ustedes pensaron y revolucionaron un país hasta convertir una dictadura opresiva en una democracia liberadora, ¿por qué cuestionan nuestra capacidad para continuar con la tarea y convertir a la estúpida humanidad en una especie de la que otras puedan sentirse orgullosas?
domingo, 1 de mayo de 2011
¿Qué puede hacer a una cuando no le permiten llorar? Siento que los ojos me queman y la opresión en el pecho no me permite respirar, pero no puedo derramar una sola lágrima por aquellos que un día perdí. Mi garganta ha creado un nudo que no me es posible deshacer. Un psicólogo diría que ahí se acumula todo lo que no me atrevo a decir. Ningún sonido sofocado puede surgir del fondo del alma cuando la oprime un temor reverencial. Las palabras teóricas que me permitirían desligar esa maraña de sentimientos inconexos aún no han sido inventadas. Las limitaciones de la lengua son tan asfixiantes como una atmósfera de monóxido de carbono. Ese conjunto de obstáculos impide la liberación del humo oscuro que se acomoda en mi interior. Cada uno de los términos aquí reflejados no son más que un vano intento de manifestar el fantasma del dolor, pero me esquiva de forma continua y desesperante. Hay quién lo exorciza empleando un piano. Lástima que los dedos que tan rápidamente se deslizan sobre las teclas de un ordenador no puedan realizar el mismo movimiento ante un piano. Quiero gritar y de ese modo aliviar la desesperación pero no me sale la voz. Cada letra escrita me pesa en el alma. ¿Se dará cuenta alguien si dejo definitivamente de escribir? En algún momento claudicaré ante el sufrimiento y me dejaré sumergir en la pesadumbre, puede que para no emerger nunca más. Hasta entonces hilvano una frase tras otra de forma demencial mientras una pieza triste de piano resuena en mi cabeza, cada vez más acelerada, superando los límites del allegro para convertirse en algo que jamás nadie podrá tocar. Justo ahora alcanza su máxima velocidad antes de desaparecer con una sola nota sostenida. Noto la desesperación en la que estaba sumido el compositor, temeroso de que su pieza naciera sobrenatural, de no poder acabarla antes de morir. Escribe tan, tan, tan deprisa que emborrona la tinta fresca de las notas, pero no tiene tiempo para corregirlo, sabe que su mundo se acaba hoy y que nadie jamás podrá alumbrar una melodía como esta, tan triste a pesar de su rapidez.
Yo escribo con el mismo miedo, aunque mi inseguridad ante la continuidad de mi futuro no es tan incierta. Puede que la cáscara de mi cuerpo permanezca aún muchos años, pero la mente de hoy no volverá jamás para acariciarla.
Yo escribo con el mismo miedo, aunque mi inseguridad ante la continuidad de mi futuro no es tan incierta. Puede que la cáscara de mi cuerpo permanezca aún muchos años, pero la mente de hoy no volverá jamás para acariciarla.
domingo, 24 de abril de 2011
Hoy me he estado preguntando cómo sería saber que eres un enfermo terminal. Ser consciente de que ahora, en este mismo instante, gracias a tu medicación o a la suerte del día que hace que hoy no tengas una crisis, estás bien, pero que un segundo más tarde puedes encontrarte convulsionando en el suelo, sufriendo una parada cardiaca, entrando en coma sin motivo aparente, estar paralizado o no poder abrir un bote de pastillas porque tu temblor de reposo, aumentado por los nervios del momento, no te lo permite. Conocer a ciencia cierta que empeorarás progresivamente, sin que nada ni nadie pueda remediarlo; que sin quererlo estás obligando a tus padres, a tus amigos o a tu pareja a cuidarte y protegerte sin descanso. Saber que te verán degenerar, sufrir, gritar, vomitar y odiarles a ellos y al mundo entero por no tener una cura. Obligarte a poner buena cara para esperar a que se vallan, sólo para no derrumbarte delante de ellos porque eso no os ayudará a ninguno. Seguir luchando para vivir un día más, o cansarte de la batalla continua, darlo todo por perdido y sumirte en la desesperación. Seguramente agradecerás el apoyo, pero también desearás que no tengan que pasar por ello, que te dejen sola con tu patología, para que ambas os detestéis la una a la otra en soledad. Ella por no poder progresar tranquilamente sin las trabas de la multitud de pastillas que tomas cada día para frenarla, ésas que impiden que alcance su zenit. Tú porque ella es la causante de tu dolor, porque no te deja vivir con perspectivas de futuro, porque te hace valorar el suicidio sólo para que acabe de una maldita vez, porque te impide disfrutar de la vida que deberías haber llevado, porque te obliga a alejar a aquellos a quienes amas para evitarles pasar por tu sufrimiento constante. Puede que acudas a algún grupo de ayuda, donde todos os riáis de vuestra enfermedad, porque sois casualmente el tipo de persona que cree que ella no es una enfermedad, es una enferma que la padece, pero que no quiere verse determinado por ella. O puede que no quieras acudir, porque esos grupos te parecen tan inútiles como tratar tu dolencia con caramelos de limón. Entonces te plantearás si existe algún ser humano que esté investigando para mejorarte la vida, aunque no pueda curarte; si las políticas sobre I+D+I son las más correctas para lograr los objetivos marcados. Y sentirás la rabia recorriéndote la médula espinal cuando algún integrista retrógrado se dedique a polemizar sobre la única línea de investigación que podría salvarte la vida, y odiarás a aquellos que no son conscientes de la suerte que tienen por estar sanos y ser medianamente felices y libres para hacer lo que les dé la santa gana, pero en su lugar se dedican a compadecerse por sus pequeños, nimios, minúsculos problemas, en lugar de ver el mar de posibilidades que se abre ante ellos por no ser tú.
domingo, 3 de abril de 2011
Quiero huir y esconderme. Encontrar un lugar que me proteja del miedo y el dolor. Temo no poder soportarlo, ser incapaz de luchar aún más. Dicen que la esfera es la figura geométrica que ofrece menos superficie al mundo. Desearía ser una, pequeña, con la superficie pulcramente pulida, para resultar impermeable al dolor. Supongo que es lo que todos buscamos al acurrucarnos, proteger nuestro corazón para que nada lo lastime. Desgraciadamente carezco de armadura. Nuca he sabido ocultarme ante los peores sentimientos. Siempre los he percibido de forma intensa y desesperada, tal vez por eso soy tan propensa al dramatismo, el sufrimiento y la depresión. Una se siente como bajo una cascada: no puedo soportar la presión del agua sobre mi cuerpo, pero tampoco parar la corriente. Tengo la piel sensible y cada agresión anímica me escuece como el ácido. La combinación de sucesivas desgracias y presiones ha minado mis defensas hasta que sólo ha quedado una fina película, cada vez más quebradiza, para aislarme del exterior. Ahora entiendo cuan expuestos se sienten los reptiles al mudar la piel. No me extraña que se oculten hasta desarrollar una nueva. La lástima es que yo no formo parte de un proceso natural; no puedo confiar en que mi escudo se regenere y tampoco tengo la seguridad de poder esconderme hasta entonces. Por ello crearé una coraza de tinta y papel.
domingo, 20 de marzo de 2011
Actualmente todos los profesores coinciden en que los estudiantes actuales arreglaremos en el futuro todo cuanto deba ser reparado. Sobre nuestros hombros descansa la responsabilidad de frenar el rápido avance del cambio climático, impulsar las energías renovables, desarticular las bandas terroristas, poner fin al fundamentalismo religioso, curar el cáncer, el SIDA, la malaria, el dengue, la esclerosis múltiple; convencer a cada ser humano de la creación de la importancia del reciclaje y el ahorro energético, conseguir la igualdad entre sexos, etnias, nacionalidades y tendencias sexuales; conseguir la fusión fría, entender la estructura y características de la antimateria, desentrañar los misterios que guardan los intrones del ADN, inventar un acumulador perfecto de energía, hacer accesible el conocimiento a todos los seres humanos, lograr que los tratamientos psicológicos estén cubiertos por la seguridad social....
¿De verdad piensan que seremos capaces de hacer en 40 o 50 años lo que ellos no han conseguido en toda su vida? ¿Acaso nos creen más preparados o con más oportunidades para lograr unos objetivos tan altos?
Sinceramente, discrepo. La mayoría de nosotros desearíamos arreglar cada problema que el mundo posee, pero volcar sobre la siguiente generación todo el esfuerzo que ello requiere me parece, cuanto menos, egoísta. No digo que no podamos conseguirlo solos, a lo mejor tenemos una suerte tremenda y lo logramos, pero no cuentan con la desidia y el sentimiento derrotista. A veces se olvidan de que, a pesar de nuestra juventud, algunos también nos cansamos de luchar continuamente. Entre nosotros hay quien a veces gustarían de relajarse durante un tiempo, poder dejar que la corriente le arrastrase sin miedo o soltar la lanza y el escudo por un momento y detenerse a observar como se abre una flor de almendro. Puede que nazcamos con una cantidad de fuerza limitada, que la mayoría consideramos infinita en nuestras edades más tempranas, pero que descubrimos reducida al cabo de un tiempo a partir del cual tememos agotarla demasiado rápido y comenzamos a racionar escrupulosamente.
Teniendo en cuenta todo esto, en ciertos momentos de angustia me asalta una pregunta a la que aún no he logrado dar respuesta: si no conseguimos todos los objetivos que se nos han planteado, ¿habremos fracasado?
¿De verdad piensan que seremos capaces de hacer en 40 o 50 años lo que ellos no han conseguido en toda su vida? ¿Acaso nos creen más preparados o con más oportunidades para lograr unos objetivos tan altos?
Sinceramente, discrepo. La mayoría de nosotros desearíamos arreglar cada problema que el mundo posee, pero volcar sobre la siguiente generación todo el esfuerzo que ello requiere me parece, cuanto menos, egoísta. No digo que no podamos conseguirlo solos, a lo mejor tenemos una suerte tremenda y lo logramos, pero no cuentan con la desidia y el sentimiento derrotista. A veces se olvidan de que, a pesar de nuestra juventud, algunos también nos cansamos de luchar continuamente. Entre nosotros hay quien a veces gustarían de relajarse durante un tiempo, poder dejar que la corriente le arrastrase sin miedo o soltar la lanza y el escudo por un momento y detenerse a observar como se abre una flor de almendro. Puede que nazcamos con una cantidad de fuerza limitada, que la mayoría consideramos infinita en nuestras edades más tempranas, pero que descubrimos reducida al cabo de un tiempo a partir del cual tememos agotarla demasiado rápido y comenzamos a racionar escrupulosamente.
Teniendo en cuenta todo esto, en ciertos momentos de angustia me asalta una pregunta a la que aún no he logrado dar respuesta: si no conseguimos todos los objetivos que se nos han planteado, ¿habremos fracasado?
domingo, 13 de marzo de 2011
Casi llego tarde, parece absurdo llegar tarde a un atardecer. Para cuando alcanzo la cima del mirador en el parque las nubes ya han empezado a tornarse naranjas. He venido aquí porque los edificios cercanos a mi casa tapan el cielo. Es necesario alejarse de ellos para atisbar el crepúsculo.
El disco solar acaba de tocar el horizonte y los ojos me lagrimean pero no pienso parpadear. El motor de una motocicleta con el tubo de escape trucado rasga el silencio parcial. El Sol sigue descendiendo. En el punto donde se une con los montes que quedan cerca de la ciudad la luz se dobla como si un gigante tontorrón lo empujase buscando ocultarlo y dar paso a la noche.
Las farolas aún no se han encendido y el flujo rápido de los coches continúa por las calles. Huele a humo y hojas caídas. El viento mueve los juncos plantados en el nacimiento de la cascada seca. Una niña se ríe montando en bicicleta con su padre.
Las nubes se tiñen progresivamente de naranja y rosa mientras a mi espalda se vuelven moradas y las tinieblas abren paso a unas estrellas que la luz no nos permite ver. El Sol se oculta hasta desaparecer por el horizonte y todo va oscureciéndose a medida que los rayos de sol huyen con su esfera. Una bandada de grullas en migración cruza el parque en dirección a África escapando del invierno europeo. Al menos eso me han contado siempre.
El disco solar acaba de tocar el horizonte y los ojos me lagrimean pero no pienso parpadear. El motor de una motocicleta con el tubo de escape trucado rasga el silencio parcial. El Sol sigue descendiendo. En el punto donde se une con los montes que quedan cerca de la ciudad la luz se dobla como si un gigante tontorrón lo empujase buscando ocultarlo y dar paso a la noche.
Las farolas aún no se han encendido y el flujo rápido de los coches continúa por las calles. Huele a humo y hojas caídas. El viento mueve los juncos plantados en el nacimiento de la cascada seca. Una niña se ríe montando en bicicleta con su padre.
Las nubes se tiñen progresivamente de naranja y rosa mientras a mi espalda se vuelven moradas y las tinieblas abren paso a unas estrellas que la luz no nos permite ver. El Sol se oculta hasta desaparecer por el horizonte y todo va oscureciéndose a medida que los rayos de sol huyen con su esfera. Una bandada de grullas en migración cruza el parque en dirección a África escapando del invierno europeo. Al menos eso me han contado siempre.
domingo, 6 de marzo de 2011
No soporto ver cómo una persona permanece inmutable, cómo evita los enfrentamientos de forma continua. Necesito saber que tiene sangre en las venas, que hay algo que la apasiona o la enerva, que la hace estallar. No es necesario que sea un detonante agresivo ni voraz, ni tan siquiera explosivo, pero debe existir alguna cosa que le produzca emociones incontrolables. Soy incapaz de aguantar una relación con alguien que asiente y sigue la corriente en todo momento, que siempre me da la razón, que no impone su opinión, que no responde ni se rebela. No puedo conformarme con un caballito de mar, preciso un revolucionario salmón.
Deseo saber qué es lo que le hace vibrar, qué le emociona o le supera. No me creo que todo le resbale o que nada le afecte tanto como para no saltar, de alegría o de rabia, pero estallar. Hay quien dijo que el arte es una explosión. Yo requiero la ignición potente, aunque suponga la destrucción de todo atisbo de vida, una hecatombe, el apocalipsis.
Yo, por ejemplo, adoro la emoción que me produce saber responder ante situaciones de peligro crítico. Ni siquiera necesito controlar el problema, sólo tener los conocimientos y la capacidad para reaccionar. Saber que mi cuerpo responderá ante una situación de estrés como movido por una conciencia exterior es realmente relajante. Lo único que no podría soportar es la parálisis derivada del terror.
También atesoro la preciada sensación que se genera en mi cuando leo un texto maravilloso ante un público atento. Poner todo mi esfuerzo en transmitir cada matiz de un mensaje y la belleza de las palabras escritas por alguna mente preclara me produce un éxtasis mayor que cualquier droga conocida por el hombre. Sólo modulando la voz puedo comunicar cada sentimiento impregnado en un papel y otorgarle la seguridad de algo tangible. Jamás he estado más cerca de alcanzar el nirvana como encima de un escenario, leyendo ante un jurado espectante, donde no me importó la opinión que se obtuviese de mi, ni los errores que pudiese cometer, sólo el allí y entonces, lo que sentía en ese mismo instante. En ningún otro momento he sido más consciente de mi felicidad y de mi situación minúscula pero poderosa en el universo. Adoré cada minuto en que mis labios bordaron palabras y silencios en el aire. Y cuando acabé, la sensación perduró aún un poco más. Si pudiera continuar en ése estado, si sólo consiguiera dediarme a regalar historias vivas al resto de los humanos para que las atesorasen.... Ojalá pudiera revivir a los juglares para unirme a ellos en su travesía por las plazas de pueblos recónditos, relatando verdades y mentiras imposibles de refutar con la pasión del que se sabe dichoso en su oficio.
Deseo saber qué es lo que le hace vibrar, qué le emociona o le supera. No me creo que todo le resbale o que nada le afecte tanto como para no saltar, de alegría o de rabia, pero estallar. Hay quien dijo que el arte es una explosión. Yo requiero la ignición potente, aunque suponga la destrucción de todo atisbo de vida, una hecatombe, el apocalipsis.
Yo, por ejemplo, adoro la emoción que me produce saber responder ante situaciones de peligro crítico. Ni siquiera necesito controlar el problema, sólo tener los conocimientos y la capacidad para reaccionar. Saber que mi cuerpo responderá ante una situación de estrés como movido por una conciencia exterior es realmente relajante. Lo único que no podría soportar es la parálisis derivada del terror.
También atesoro la preciada sensación que se genera en mi cuando leo un texto maravilloso ante un público atento. Poner todo mi esfuerzo en transmitir cada matiz de un mensaje y la belleza de las palabras escritas por alguna mente preclara me produce un éxtasis mayor que cualquier droga conocida por el hombre. Sólo modulando la voz puedo comunicar cada sentimiento impregnado en un papel y otorgarle la seguridad de algo tangible. Jamás he estado más cerca de alcanzar el nirvana como encima de un escenario, leyendo ante un jurado espectante, donde no me importó la opinión que se obtuviese de mi, ni los errores que pudiese cometer, sólo el allí y entonces, lo que sentía en ese mismo instante. En ningún otro momento he sido más consciente de mi felicidad y de mi situación minúscula pero poderosa en el universo. Adoré cada minuto en que mis labios bordaron palabras y silencios en el aire. Y cuando acabé, la sensación perduró aún un poco más. Si pudiera continuar en ése estado, si sólo consiguiera dediarme a regalar historias vivas al resto de los humanos para que las atesorasen.... Ojalá pudiera revivir a los juglares para unirme a ellos en su travesía por las plazas de pueblos recónditos, relatando verdades y mentiras imposibles de refutar con la pasión del que se sabe dichoso en su oficio.
domingo, 27 de febrero de 2011
Sé que me agarro a él como a una tabla en la mar abierta, pero temo ahogarme si me suelto. Tengo miedo a sufrir y le utilizo para no hundirme. No es justo, lo sé, dudo incluso de que se haya dado cuenta, pero nunca se me dió bien soportar el dolor, por mucho que digan que soy estoica, que me acostumbro rápidamente a la incomodidad. Es mentira. Sólo soy capaz de soportarla cuando es meramente física. El cansancio emocional me resulta insostenible. Me he acostumbrado a tener a alguien que me sostenga cuando yo no puedo hacerlo. Mi mayor pánico es perder a ése humano y encontrarme sola y desvalida ante el dolor, porque sé que no podré aceptarlo a pecho descubierto, que me aplastará bajo él hasta asfixiarme. Me he acostumbrado demasiado rápido a la felicidad. Atrás quedaron quienes querían hacer de mi una mujer independiente. Fracasaron en el mismo momento en que me descubrieron el placer ya olvidado de estar acompañada. No hay peor adicción que la que uno no puede satisfacer por sus propios medios. Depender de alguien es deprimente. ¿Quién dijo que el hombre es un animal social? Sólo constataba un hecho, no exponía ninguna verdad nueva y reluciente. Lo llamaron filósofo porque puso en palabras lo que todos hemos pensado alguna vez pero no queríamos reconocer: que el hombre es incapaz de vivir solo, por mucho que quiera autoconvencerse, incluso con todos los cachivaches que pueda inventar, siempre habrá algo, gracias a... ¿Dios?, que sólo otro organismo vivo, humano o no, pueda darle. Pero da demasiado miedo reconocerlo, admitir que somos más frágiles de lo que creíamos, depender. A pesar de ése pánico nos dedicamos a destruir todo lo que está vivo a nuestro alrededor. Después de todo el Homo Sapiens siempre ha sido el animal menos inteligente jamás creado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)