domingo, 31 de julio de 2011

Te odio. Espero que te sientas muy orgulloso de tus actos porque a mi no pueden parecerme menos que deplorables. La forma en que te comportaste es, como mínimo, desagradecida, aunque yo la calificaría de egoísta, cruel y despiadada. No entiendo como una persona que se supone que te quiere puede cambiar de opinión con tanta rapidez. Apenas 3 horas después de reencontrarte conmigo decretaste que no querías seguir con ello. ¿Unas horas son suficientes para tomar una decisión pero el mes anterior no? ¿No crees que deberías haber tenido el mínimo de cortesía como para no hacerme perder un mes de mi vida libre esperándote? Arruinarme medio verano no te pareció suficiente. Lo que más me revienta es que intentaras maquillar tu inmadurez. La sentencia no nació de la compasión si no de tu falta de responsabilidad para con los sentimientos ajenos.

Cuando todo empezó me pidieron que me quitara las armaduras, y me las quité; que asumiese lo que sentía, y lo asumí; me aconsejaron que confiara, y yo, que debo ser estúpida, confié. Todo para que un alguien que no se merecía tales esfuerzos se dedicara a retorcerme el estómago hasta que el ácido que contenía me corroyera, sin molestarse siquiera en perder la entereza ante mi agonía. Gracias por los consejos, almas caritativas. Mirad lo bien que me ha ido escuchándolos.

domingo, 24 de julio de 2011

Tengo dudas sobre mi futuro. Durante los cuatro cursos de E.S.O. piensas en el tipo de bachillerato que harás. Cuando cursas tu último año como bachiller tienes como objetivo acabar los exámenes finales y presentarte a los de selectividad. Mientras haces selectividad tu mira está puesta en la entrega de las notas y en la carrera que harás con las que obtengas. El esfuerzo sostenido da, o no, los frutos que encaminarán tu futuro. Pero cuando los frutos que esperabas no son los que obtienes las dudas se multiplican. Puede que no alcances nota necesaria para entrar en tu grado soñado, o que ni siquiera sepas si debes entrar en el que te ha sido adjudicado, incluso si entraba dentro de tus opciones. Te planteas si volver a un instituto para estudiar un módulo de grado superior será dar un paso atrás en tu vida o si por el contrario deberías comenzar una carrera universitaria que no se ajusta a tu forma de pensar. Tomar ciertas decisiones sin disponer de todos los datos necesarios te llena de inseguridad, pero escoger una ruta sabiendo que la otra se te cierra casi por completo provoca sensaciones igualmente perturbadoras. El estómago se encoge como golpeado por una mala noticia, aún más si las personas a tu alrededor ven tu decisión como un error fatal. Agotar cada opción que existe para alcanzar tu felicidad parece la opción más lógica; pero lanzarse al vacío sin red puede conllevar más riesgo del que se está dispuesto a asumir. Aún así sé que si me conformo con cualquier otra carrera no dejaré de reprocharme haberlo hecho y siempre tendré la sensación de haber sido una conformista, cómoda, cobarde, por no haberme arriesgado en contra de la opinión de todos.

domingo, 3 de julio de 2011

Ahora que la mayoría de los humanos que habitan mi ciudad/pueblo han emigrado a zonas algo menos cálidas en el norte o igual de cálidas en el sur pero remojadas por un pedacito de mar parcialmente contaminado, todas con la esperanza de evitar la obvia y segura posibilidad de derretirse sobre el asfalto, me asaltan cuestiones sobre la confianza y la sinceridad. ¿Por qué es más fácil confiar en aquellos que se encuentran a tu lado? ¿Por qué durante una llamada por conferencia todo suena a verdad parcial o a mentira completa? ¿Es por ello que las relaciones a distancia, tanto sexuales como de amistad, no suelen funcionar?
Es medianamente fácil confiar en una persona que se encuentra cerca, porque tienes multitud de ocasiones para cazarla en una mentira, tú lo sabes y ella también, así que esa persona se preocupa de mentirte lo menos posible o de hacerlo tan bien que sea imposible que te des cuenta. Pero cuando os encontráis separados por más de 500 kilómetros las oportunidades para engañar a tu interlocutor se magnifican. Es por ello que surgen los malentendidos y demás errores lingüísticos. Cada retraso en una cita para chatear sugiere un olvido por parte del otro, como si se estuviera divirtiendo tanto que no le merece la pena molestarse en recordar que tu le estás esperando al otro lado del WiFi, cada minuto que pasa duele como una puñalada, aún más si ése encuentro es el único en semanas, aunque en realidad la causa de su tardanza sea un autobús tardón o un ADSL prehistórico. Los plantones son aún más devastadores, evocan un olvido aún mayor, más o menos de 90-60-90, metro ochenta y ojos verdes. El abandono crea unas turbulencias anímicas características que se ven agravadas en cada ocasión, pudiendo incluso desencadenar el más temible de los tifones, que no atendería a excusas ni a súplicas de perdón. Ha de tenerse especial cuidado con éstos fenómenos meteorológicos, porque son totalmente imprevisibles.