domingo, 29 de enero de 2012

Puede que antes no supiera lo que es querer a una persona que ya no existe. Saber que el cuerpo material continúa su andanza, pero que aquello que tu amabas realmente desapareció. A veces creo que sería más fácil si todo tú hubieses muerto, porque es condenadamente complicado añorar a medias. Del ser al que conocí apenas queda nada, sólo un puñado de músculos y tendones que ya no cumplen con su función. Puede que tu cuerpo perdure, pero ya no constituye la encarnación de todo aquello en lo que podía confiar. O puede que tú siempre hayas sido como ahora, y yo sencillamente me negara a verlo. Puede que tú no hayas cambiado en absoluto y que sea yo la que viró hasta marearse y dar lugar a algo que en nada se parece al original.
En ocasiones mi mente me traiciona, porque ocurre algo en mi vida que en otras circunstancias hubiera corrido a contarte, pero ahora cada vez que me asalta ese impulso aparece acompañado de decepción. Ya no hay nadie con quien compartirlo. A nadie le importará que haya presenciado mi primera autopsia, ni que aquel ejercicio de estilo que tanto me costó escribir por fin esté acabado y esperando en un cajón a ser publicado. Jamás podré ayudar a nadie a diseccionar cada palabra de aquella conversación relevante, ni esperará que encuentre soluciones a los problemas de su vida diaria. Nada de eso ocurrirá, porque en realidad ya no existes. Ahora siempre es noviembre y los árboles nunca retoñarán, por mucho que el calendario anuncie la primavera. El aroma de las hojas caídas será perpetuo en mi corazón, porque ambos os quedasteis atrapados en ese pasado inmutable. Jamás sabré si tu sobrina prefiere el helado de galletas o el de menta, o si su primer novio será un kinki como su padre o por el contrario tendrá el alma bonachona de su tío y la hará feliz. El caso es que nada podrá cambiar los errores que ambos cometimos. De ningún modo podré olvidar quien eras y lo que viví contigo, pero eso también significa que nunca amaré a quien eres ahora. Seré, por toda la eternidad, positivamente incapaz de volver a confiar en ti, por muy duras que resulten las consecuencias de esta condición.

domingo, 8 de enero de 2012

Últimamente todos andan apresurados. Madres hacendosas caminan a grandes trancos sobre sus tacones carrete en dirección a los centros de enseñanza primaria. En una mano la pesada cartera del escolar y en la otra el niño propietario de la misma, cuyos minúsculos pasitos de infante no alcanzan a seguir el veloz compás del paso de su madre, convirtiéndose en pequeñas cometas multicolores azotadas por los cambios de ritmo impuestos por los semáforos cerrados y los pasos de cebra ilógicamente dispuestos.
Universitarios con horarios apretados corretean a lo largo del andén esperando a un tren siempre demasiado lento. Aprietan con desesperación el manojo de apuntes que consultan nerviosos de cuando en cuando, como si les atacase el miedo a encontrar que las palabras han huido despavoridas, dejando los pobres folios desnudos.
Oficinistas intranquilos tambirolean con sus dedos regordetes en el volante de sus coches traqueteantes. El atasco mañanero no les permite alcanzar sus puestos de trabajo con la premura deseada. Todos siguen un compás absurdo: arranco, paro y claxon, arranco, freno y claxon. Puede que lleguen tarde a esa reunión aparentemente importante.
Maestros apresurados apuran sus tazas de café a rápidos sorbos antes de comenzar la primera batalla de la mañana. Compradores retrasados aprovechan la oportunidad de las rebajas para ultimar las compras de Navidad. Pelean por el último jersey morado y se asombran cuando encuentran el estante de las muñecas monstruo desvalijado. Esta vez la pequeña Claudia tendrá que conformarse con otra rubia recauchutada de proporciones anatómicamente imposibles.
Sin embargo algo perturba el caos general. Una pareja de ancianos osa ignorar completamente el bullicio que los rodea. Ella coronada por una nube de cabello pálido y algodonoso. Él abrigado por la última bufanda de lana que las manos artríticas pero pacientes de su pareja lograron tejer. Ambos caminan tranquilamente por el paseo, custodiados por los almendros que lo franquean. No les importa dar un pequeño rodeo para salvar el montículo custodiado por algunas hormigas tardías. Disfrutan del sol de enero que se cuela entre las nubes. Respiran el aire más puro que pueden encontrar dentro de la urbe. Se mueven pausadamente. No tienen prisa.

domingo, 1 de enero de 2012

Supongo que antes de nada tendré que decir que Feliz Año Nuevo y esas cosas que salen de la boca de todos los humanos desde hace 22 horas, más o menos desde el mismo momento en el que consiguieron tragarse las uvas (por mi parte hubo suerte, este año no me atraganté). Después de los saludos de rigor y dado que me niego a tener propósitos de año nuevo, porque luego se disuelven con el tiempo como el humo de un cigarro olvidado, creo que paso directamente a la crónica de la pasada noche de fiesta. Sí, lo siento, soy así de egocéntrica, pero aún estais a tiempo de interrumpir la lectura en este mismo momento y huir en desbandada si lo deseáis. ¿No? Pues allá vosotros con vuestras decisiones:

Encontrar el local se convirtió en una odisea. Los automóviles madrileños repletos ignoraban deliberadamente los consejos férreos que los semáforos proclamaban. Miles de personas marchaban como hormigas cortando el tráfico en dirección a zonas de alcoholización preestablecidas. Cuando por fin alcanzamos el lugar indicado me despedí de las posibles inhibiciones en favor de una noche de diversión y libertad. La primera impresión tras recibir el cotillón fue que me había equivocado de local. La música pachanguera y los señoritos trajeados no cuadraban en absoluto con la imagen preconcebida de fiesta salsera que tenía en mente. Dado que la entrada llevaba pagada más de un mes descarté de pleno la opción de huir en busca de un ambiente más acorde con mis esperanzas e intenté recordar las enseñanzas de Darwin: adaptarse o morir. La adaptación comenzaba por localizar a mis amigos entre la multitud de humanos cubiertos por una mezcla de ropa almidonada, purpurina y sudor de aglomeración, pero abrirse paso entre la profusión de cuerpos era más un sueño que una realidad. Con movimientos controlados pude aprovechar los pequeños resquicios que aquel maremágnum convulsivo proporcionaba en su vaivén. Cuando por fin alcancé mi meta y tras intercambiar los saludos excitados de rigor cambié los zapatos monísimos pero mortalmente peligrosos que portaba por otros más adecuados para lo que se avecinaba. Puede que aquello constituyera el primer y craso error de la noche. Las delicadas suelas de terciopelo propias del calzado específicamente creado para bailar con comodidad sobre la madera pulida ofrecen muy poca resistencia a la fricción y la humedad propias de un suelo de cemento futuramente humedecido con las copas derramadas por universitarios faltos de pulso. A falta de una solución mejor y confiando en las bondades de un buen limpiador universal de tejidos, me calzé y busqué una superficie que se pareciese lo más posible a la ideal. Por suerte algún alma iluminada había decidido colonizar la plataforma medianamente estable que se elevaba 12 centímetros por encima del nivel medio de la sala, lo que proporcionaba una zona casi segura para bailar y dejar abrigos y bolsos a salvo de la torpeza estudiantil y los robos fortuitos. Incluso disponíamos de varios puf con aspecto de dados mullidos y una mesa precaria en la que depositar vasos y confeti. Pronto obvié la pesadez machacona del ritmo que sonaba y me abandoné a la melodía. En principio me moví tímidamente por la falta de calentamiento previo a la danza, pero pronto mis caderas tomaron el control de la situación, oscilando libremente entre el gentío. Los compases se sucedían sin tregua y mi mente volaba emancipada, presa de las contracciones y distensiones musculares numerosas veces repetidas hasta alcanzar el automatismo. No necesitaba ser plenamente consciente del desplazamiento para realizarlo así que pude permitirme el lujo de entrar en un trance parcial en el que sólo me importaba la situación presente inmediata, sin considerar sus implicaciones futuras o la timidez pasada. Sentía la música a mi alrededor, ingresando suavemente a través de mis conductos auditivos, fluyendo por mi cuerpo, acariciando mi alma evadida. Desgraciadamente los contoneos fueron malinterpretados por algunos machos cercanos a la exaltación que los confundieron con señales abiertamente sexuales. Pronto me encontré interrumpida por presentaciones innecesarias a las que atendí por un simple acto de amabilidad, ya que con ninguno podría compartir la fluidez agitadora que yo deseaba ni la húmeda intimidad que aquellos pretendían. Pese a la incongruencia de la situación resistí con aparente tranquilidad los insistentes embates que las mentes prematuramente embotadas acometían. Para mi sorpresa comprobé que todo universitario lleva un tuno en su interior, más por el plomo característico de estos que por su habilidad cantora general. Si ligar en una discoteca resulta por lo común una actividad poco recomendable debida al ruido ambiental y a la embriagez de los presentes, hacerlo en una fiesta de fin de año está doblemente contraindicado. Al fin conseguí librarme con sutileza de los galanes en mi firme determinación por regresar al estado iluminado en el que anteriormente me hallaba. La dicha de quien se encuentra cumpliendo sus deseos me embargó hasta el momento del cierre, cuando me vi obligada a abandonar el placer del abandono musical para permitir el descanso de los agotados organizadores, visiblemente faltos de una ducha caliente seguida del prolongado reposo que ofrecen los almohadones mullidos. Tras un breve proceso de asignación de plazas automovilísticas nos lanzamos de nuevo al infierno del Madrid a todas luces saturado por quienes, como nosotros, regresaban tras una noche de festejos. Alcancé mi ciudad dormitorio con ligera gratitud mientras mis pies manifestaban su evidente satisfacción. A pesar de la indiferencia inicial, cuando ingresé en mi domicilio el cansancio era evidente. Con esfuerzo conseguí llegar hasta mi cuarto, desplomándome en la cama pensando que nunca la había echado tanto de menos.