domingo, 8 de enero de 2012

Últimamente todos andan apresurados. Madres hacendosas caminan a grandes trancos sobre sus tacones carrete en dirección a los centros de enseñanza primaria. En una mano la pesada cartera del escolar y en la otra el niño propietario de la misma, cuyos minúsculos pasitos de infante no alcanzan a seguir el veloz compás del paso de su madre, convirtiéndose en pequeñas cometas multicolores azotadas por los cambios de ritmo impuestos por los semáforos cerrados y los pasos de cebra ilógicamente dispuestos.
Universitarios con horarios apretados corretean a lo largo del andén esperando a un tren siempre demasiado lento. Aprietan con desesperación el manojo de apuntes que consultan nerviosos de cuando en cuando, como si les atacase el miedo a encontrar que las palabras han huido despavoridas, dejando los pobres folios desnudos.
Oficinistas intranquilos tambirolean con sus dedos regordetes en el volante de sus coches traqueteantes. El atasco mañanero no les permite alcanzar sus puestos de trabajo con la premura deseada. Todos siguen un compás absurdo: arranco, paro y claxon, arranco, freno y claxon. Puede que lleguen tarde a esa reunión aparentemente importante.
Maestros apresurados apuran sus tazas de café a rápidos sorbos antes de comenzar la primera batalla de la mañana. Compradores retrasados aprovechan la oportunidad de las rebajas para ultimar las compras de Navidad. Pelean por el último jersey morado y se asombran cuando encuentran el estante de las muñecas monstruo desvalijado. Esta vez la pequeña Claudia tendrá que conformarse con otra rubia recauchutada de proporciones anatómicamente imposibles.
Sin embargo algo perturba el caos general. Una pareja de ancianos osa ignorar completamente el bullicio que los rodea. Ella coronada por una nube de cabello pálido y algodonoso. Él abrigado por la última bufanda de lana que las manos artríticas pero pacientes de su pareja lograron tejer. Ambos caminan tranquilamente por el paseo, custodiados por los almendros que lo franquean. No les importa dar un pequeño rodeo para salvar el montículo custodiado por algunas hormigas tardías. Disfrutan del sol de enero que se cuela entre las nubes. Respiran el aire más puro que pueden encontrar dentro de la urbe. Se mueven pausadamente. No tienen prisa.

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