domingo, 20 de marzo de 2011

Actualmente todos los profesores coinciden en que los estudiantes actuales arreglaremos en el futuro todo cuanto deba ser reparado. Sobre nuestros hombros descansa la responsabilidad de frenar el rápido avance del cambio climático, impulsar las energías renovables, desarticular las bandas terroristas, poner fin al fundamentalismo religioso, curar el cáncer, el SIDA, la malaria, el dengue, la esclerosis múltiple; convencer a cada ser humano de la creación de la importancia del reciclaje y el ahorro energético, conseguir la igualdad entre sexos, etnias, nacionalidades y tendencias sexuales; conseguir la fusión fría, entender la estructura y características de la antimateria, desentrañar los misterios que guardan los intrones del ADN, inventar un acumulador perfecto de energía, hacer accesible el conocimiento a todos los seres humanos, lograr que los tratamientos psicológicos estén cubiertos por la seguridad social....
¿De verdad piensan que seremos capaces de hacer en 40 o 50 años lo que ellos no han conseguido en toda su vida? ¿Acaso nos creen más preparados o con más oportunidades para lograr unos objetivos tan altos?
Sinceramente, discrepo. La mayoría de nosotros desearíamos arreglar cada problema que el mundo posee, pero volcar sobre la siguiente generación todo el esfuerzo que ello requiere me parece, cuanto menos, egoísta. No digo que no podamos conseguirlo solos, a lo mejor tenemos una suerte tremenda y lo logramos, pero no cuentan con la desidia y el sentimiento derrotista. A veces se olvidan de que, a pesar de nuestra juventud, algunos también nos cansamos de luchar continuamente. Entre nosotros hay quien a veces gustarían de relajarse durante un tiempo, poder dejar que la corriente le arrastrase sin miedo o soltar la lanza y el escudo por un momento y detenerse a observar como se abre una flor de almendro. Puede que nazcamos con una cantidad de fuerza limitada, que la mayoría consideramos infinita en nuestras edades más tempranas, pero que descubrimos reducida al cabo de un tiempo a partir del cual tememos agotarla demasiado rápido y comenzamos a racionar escrupulosamente.
Teniendo en cuenta todo esto, en ciertos momentos de angustia me asalta una pregunta a la que aún no he logrado dar respuesta: si no conseguimos todos los objetivos que se nos han planteado, ¿habremos fracasado?

domingo, 13 de marzo de 2011

Casi llego tarde, parece absurdo llegar tarde a un atardecer. Para cuando alcanzo la cima del mirador en el parque las nubes ya han empezado a tornarse naranjas. He venido aquí porque los edificios cercanos a mi casa tapan el cielo. Es necesario alejarse de ellos para atisbar el crepúsculo.
El disco solar acaba de tocar el horizonte y los ojos me lagrimean pero no pienso parpadear. El motor de una motocicleta con el tubo de escape trucado rasga el silencio parcial. El Sol sigue descendiendo. En el punto donde se une con los montes que quedan cerca de la ciudad la luz se dobla como si un gigante tontorrón lo empujase buscando ocultarlo y dar paso a la noche.
Las farolas aún no se han encendido y el flujo rápido de los coches continúa por las calles. Huele a humo y hojas caídas. El viento mueve los juncos plantados en el nacimiento de la cascada seca. Una niña se ríe montando en bicicleta con su padre.
Las nubes se tiñen progresivamente de naranja y rosa mientras a mi espalda se vuelven moradas y las tinieblas abren paso a unas estrellas que la luz no nos permite ver. El Sol se oculta hasta desaparecer por el horizonte y todo va oscureciéndose a medida que los rayos de sol huyen con su esfera. Una bandada de grullas en migración cruza el parque en dirección a África escapando del invierno europeo. Al menos eso me han contado siempre.

domingo, 6 de marzo de 2011

No soporto ver cómo una persona permanece inmutable, cómo evita los enfrentamientos de forma continua. Necesito saber que tiene sangre en las venas, que hay algo que la apasiona o la enerva, que la hace estallar. No es necesario que sea un detonante agresivo ni voraz, ni tan siquiera explosivo, pero debe existir alguna cosa que le produzca emociones incontrolables. Soy incapaz de aguantar una relación con alguien que asiente y sigue la corriente en todo momento, que siempre me da la razón, que no impone su opinión, que no responde ni se rebela. No puedo conformarme con un caballito de mar, preciso un revolucionario salmón.
Deseo saber qué es lo que le hace vibrar, qué le emociona o le supera. No me creo que todo le resbale o que nada le afecte tanto como para no saltar, de alegría o de rabia, pero estallar. Hay quien dijo que el arte es una explosión. Yo requiero la ignición potente, aunque suponga la destrucción de todo atisbo de vida, una hecatombe, el apocalipsis.
Yo, por ejemplo, adoro la emoción que me produce saber responder ante situaciones de peligro crítico. Ni siquiera necesito controlar el problema, sólo tener los conocimientos y la capacidad para reaccionar. Saber que mi cuerpo responderá ante una situación de estrés como movido por una conciencia exterior es realmente relajante. Lo único que no podría soportar es la parálisis derivada del terror.
También atesoro la preciada sensación que se genera en mi cuando leo un texto maravilloso ante un público atento. Poner todo mi esfuerzo en transmitir cada matiz de un mensaje y la belleza de las palabras escritas por alguna mente preclara me produce un éxtasis mayor que cualquier droga conocida por el hombre. Sólo modulando la voz puedo comunicar cada sentimiento impregnado en un papel y otorgarle la seguridad de algo tangible. Jamás he estado más cerca de alcanzar el nirvana como encima de un escenario, leyendo ante un jurado espectante, donde no me importó la opinión que se obtuviese de mi, ni los errores que pudiese cometer, sólo el allí y entonces, lo que sentía en ese mismo instante. En ningún otro momento he sido más consciente de mi felicidad y de mi situación minúscula pero poderosa en el universo. Adoré cada minuto en que mis labios bordaron palabras y silencios en el aire. Y cuando acabé, la sensación perduró aún un poco más. Si pudiera continuar en ése estado, si sólo consiguiera dediarme a regalar historias vivas al resto de los humanos para que las atesorasen.... Ojalá pudiera revivir a los juglares para unirme a ellos en su travesía por las plazas de pueblos recónditos, relatando verdades y mentiras imposibles de refutar con la pasión del que se sabe dichoso en su oficio.