domingo, 13 de marzo de 2011

Casi llego tarde, parece absurdo llegar tarde a un atardecer. Para cuando alcanzo la cima del mirador en el parque las nubes ya han empezado a tornarse naranjas. He venido aquí porque los edificios cercanos a mi casa tapan el cielo. Es necesario alejarse de ellos para atisbar el crepúsculo.
El disco solar acaba de tocar el horizonte y los ojos me lagrimean pero no pienso parpadear. El motor de una motocicleta con el tubo de escape trucado rasga el silencio parcial. El Sol sigue descendiendo. En el punto donde se une con los montes que quedan cerca de la ciudad la luz se dobla como si un gigante tontorrón lo empujase buscando ocultarlo y dar paso a la noche.
Las farolas aún no se han encendido y el flujo rápido de los coches continúa por las calles. Huele a humo y hojas caídas. El viento mueve los juncos plantados en el nacimiento de la cascada seca. Una niña se ríe montando en bicicleta con su padre.
Las nubes se tiñen progresivamente de naranja y rosa mientras a mi espalda se vuelven moradas y las tinieblas abren paso a unas estrellas que la luz no nos permite ver. El Sol se oculta hasta desaparecer por el horizonte y todo va oscureciéndose a medida que los rayos de sol huyen con su esfera. Una bandada de grullas en migración cruza el parque en dirección a África escapando del invierno europeo. Al menos eso me han contado siempre.

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