¿De verdad se ha acabado?
¿Seguro que podemos respirar tranquilos?
¿Puedo confiar en que todo el peligro ha pasado? ¿En que jamás tendré que temer por mi vida o por la de mis compañeros? ¿En que nadie más necesitará revisar los bajos de su coche en busca de explosivos antes de subirse inocentemente al mismo para ir a trabajar, o a llevar a sus hijos al colegio, o a visitar a unos amigos? ¿En que los simulacros de bomba pasen de completamente imprescindibles a una mera anécdota que se realiza más por costumbre que por verdadera seguridad? ¿Podremos por una vez disfrutar de la compañía de nuestros familiares vascos sin temer que cada palabra y cada gesto pueden ser los últimos? ¿Es posible que se acaben los escoltas obligados, las extorsiones, los asesinatos, las malas noticias, los secuestros, los funerales ceremoniosos y el terror? ¿Puede ser que la espiral de represión y odio se haya terminado?
No tengo respuesta para la mitad de éstas preguntas y eso resulta casi tan inquietante como plantearlas siquiera. Sólo queda la esperanza, que por lo visto es lo último que se pierde.
domingo, 23 de octubre de 2011
domingo, 16 de octubre de 2011
Últimamente me he planteado el deseo de regresar a un estado anterior, más primitivo si se le quiere llamar así. Un momento en el que se cazara para sobrevivir, pero considerando al animal atrapado como un espíritu venerable que presta su cuerpo para tu supervivencia; con un espeto hacia el resto de seres vivos que se perdió hace demasiado tiempo. Regresar a un pasado en el que la tibieza del Sol se agradeciera al sentirla sobre la piel desnuda de un brazo, en lugar de temerla por sus efectos cancerígenos. Algún tiempo en el que las personas no vivía en familias ordenadas política y legalmente, agrupadas a su vez de forma artificial en conjuntos de casas y no de hogares, en ciudades en lugar de clanes; la agrupación es ahora tan fría e impersonal que la mayoría han olvidado el sentimiento grupal que produce la convivencia y la sensación de unidad que otorga encaminar a un gran grupo de personas hacia un fin común, ya sea una mejora social o la construcción engañosamente simple de una canoa. Me gustaría regresar al tiempo en el que la magia y la ciencia no estaban reñidas, en el que la vida no se basaba en opiniones ajenas completamente arbitrarias si no en cualidades factibles y mensurables como la capacidad de contar bien una historia o de tejer un canasto fuertemente para hacerlo impermeable. En el que el valor de un objeto residía en la calidad de sus materiales y la habilidad que se había demostrado confeccionándolo, tallándolo o decorándolo con los límites que la imaginación y la propia materia imponían. Deseo volver al momento en el que la importancia de una vida era independiente de las posesiones de un humano. En el que los ritos funerarios se realizaban para ayudar al alma del difunto a cruzar al otro lado o a renacer formando un nuevo ser, y no para demostrar la elegancia, distinción o riqueza de una estúpida y amanerada "familia" que ignoró a esa persona hasta el último momento.
Puede que en resumen mi idea del pasado se base en una mirada idílica, romántica e irreal que olvida los males que el progreso ha eliminado, pero veo en la vida primitiva un conjunto de riesgos y bendiciones que sin duda se han perdido. Hemos modificado tanto nuestra propia naturaleza y la belleza magnífica que nos rodea que hemos olvidado nuestra propia condición animal, y eso es algo que, a mi parecer, debemos esforzarnos por recordar.
Puede que en resumen mi idea del pasado se base en una mirada idílica, romántica e irreal que olvida los males que el progreso ha eliminado, pero veo en la vida primitiva un conjunto de riesgos y bendiciones que sin duda se han perdido. Hemos modificado tanto nuestra propia naturaleza y la belleza magnífica que nos rodea que hemos olvidado nuestra propia condición animal, y eso es algo que, a mi parecer, debemos esforzarnos por recordar.
domingo, 2 de octubre de 2011
Mañana empiezo en un lugar nuevo. Llevo todo el verano esperando a que llegara el siglo XVI y cuando quedan sólo unas horas para que me atropelle me doy cuenta de cuánto me aterroriza. No alcanzo a entender por qué no me había enterado de mi propio temor hasta ahora. Puede que se haya mantenido agazapado todo este tiempo, esperando para saltar sobre mí y rebelarse en toda su inmensidad. No hay duda de que la entrada ha sido histriónica. En un segundo he vuelto al primer día de colegio en mi nueva ciudad. Entonces llegué completamente en blanco, habiendo dejado atrás mi vida anterior por completo. Ahora comparezco casi igual de inmaculada, queda muy poco del pasado que quiera mantener, sólo un par o tres de personas que se comportaron impecablemente. Puede que sean suficientes, no lo sé, desconozco cómo se cuantifica la amistad. En algún momento de mi vida creí que tenía toda la que necesitaba, pero comprobé cuan equivocada estaba poco después. Todo un desfiladero se ha derrumbado ante mis ojos sin que quedara nada por hacer para recomponerlo. En algún momento alguien me dijo que los kanjis utilizados para escribir "crisis" en japonés eran los correspondientes a "peligro" y "oportunidad". Así es, soy una persona esencialmente empírica y lo he comprobado. No se trata de otra absurda leyenda urbana. Puede que aquel desprendimiento estuviera destinado a mostrarme el futuro diáfano que se ocultaba a mi vista, pleno de posibilidades. Es posible que resurja de mis cenizas como el ave fénix, pero para ello necesito apartar los cascotes, echarle valor y empezar a caminar. Les deseo suerte a los cantos caídos.
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