domingo, 28 de agosto de 2011

Hace poco, alguien con una mente preclara me descubrió que tengo la extraña necesidad de cuidar a aquellos que tengo a mi alrededor, y que puede que esa necesidad provenga del deseo de que ellos me cuiden a mi. En realidad puedo entender que alguien quiera ser cuidado y protegido, pero no comprendo por qué esa urgencia confluye al mismo tiempo con la de mostrar al mundo que no la necesito ¿es acaso otra forma de protegerme? A pesar de todo no puedo comprender por qué me empeño en proteger a mis cercanos cuando el movimiento jamás resulta ser recíproco, eso dejando a un lado que ellos no suelen querer que les cuides, aún cuando les demuestras que se observa mejor una situación viéndola desde fuera. Los esfuerzos denodados de cada ser humano individual para mantener a sus allegados seguros y a salvo suelen premiarse con recelo e indiferencia, llegando incluso al ostracismo. Intentar que otra persona se dé cuenta de los errores que comete, tan velados para ella y sin embargo obvios para ti; pretender que acepte sus deficiencias para evitar que algún desalmado se aproveche de ellas para producirle un dolor inconmensurable; recordarle sus aciertos de forma que comprenda que puede ser alguien maravilloso si se esfuerza, es algo que no siempre resulta ser bien recibido. Conseguir que cada individuo sobreviva a su propia estupidez puede llegar a convertirse en una batalla sin cuartel. Sin embargo aquellos que sufrimos por los problemas particulares de los demás sin necesidad solemos acabar chocando contra el muro de la desidia general.

domingo, 21 de agosto de 2011

Recomenzar tu vida social en un grupo nuevo asusta más de lo que la mayoría de los humanos estamos dispuestos a admitir. El temor se incrementa cuando la relación con tu grupo anterior aún no está cerrada. Incluso cuando ya has pasado por ese momento incómodo que supone ponerle punto y final a un conjunto de relaciones personales la sensación de que dejas cabos sueltos es continua. Si vives en una ciudad más o menos grande, como Madrid o Barcelona, las posibilidades de encontrarte con componentes de tu grupo anterior es relativamente baja, basta con cambiar la zona en la que te mueves, aun cuando no puedas trasladar tu vivienda. En ocasiones basta con subir o bajar un peldaño social. Pero si vives en un pueblo pequeño, sobre todo cuando está mal comunicado, los encontronazos son inevitables. En el caso de que la relación haya acabado de forma pacífica éstos encuentros casuales no suelen suponer un problema, otra historia es que la ruptura con la gente que querías y con la que has compartido varios años de tu vida se haya producido de manera abrupta.
En cualquier caso se requiere un esfuerzo consciente y casi continuo para depositar tu confianza en personas hasta el momento desconocidas para ti. En esa tarea no hay atajos posibles y en muchas ocasiones se trata de una inversión a largo plazo, que debe realizarse de forma cuidadosa. Hay quien se precipita a la hora de desnudar su personalidad, volcándola hacia los demás como quien arroja un cubo de agua sobre un incauto paseante. Otros la ocultan bajo millares de capas de indiferencia y convencionalismos, de manera que nunca sabes cuándo los conoces realmente. La dificultad estriba en mantener un término medio entre ambas acciones. El proceso puede complicarse a veces, ya que es imposible alcanzar una comprensión total con todos los integrantes del conjunto, pero puede compensarse la falta de confianza con una amabilidad bien conducida. En ocasiones son las costumbres propias del grupo las que hacen recelar. Puede llegar a producirse un choque cultural comparable a la colisión de un meteoro con la superficie terrestre. Los síntomas suelen ser una leve conmoción seguida de un estado absoluto de incredulidad; pero poco a poco van remitiendo sin necesidad de tratamiento farmacológico hasta que tales extravagancias se asumen como hechos normales e incluso deseables. El ajuste progresivo continuará hasta que el nuevo elemento se integre como propio o sea expulsado por su incompatibilidad inexcusable.

domingo, 14 de agosto de 2011

Siempre había creído que en el planeta sólo quedaba mala gente que se divertía puteando a los demás. Es fácil observar ese punto de vista en las entradas pasadas de este blog, pero hace 2 días me ocurrió algo que ha hecho que desarrolle un poquito de esperanza en el futuro moral de la humanidad. Verán, el jueves de ésta semana perdí mi cartera en un autobús de mi ciudad. Su contenido, aunque no era muy valioso, componía mi documentación, carnets de las bibliotecas a las que estoy suscrita, billetes de diversos autobuses y aproximadamente 23 euros en efectivo. Puse una denuncia por teléfono y el día siguiente me desplacé hasta la comisaría para ratificiarla, ya que la administración pública no admite renovaciones de D.N.I sin la denuncia correspondiente. Me pasé todo el viernes llamando a la empresa que lleva el servicio de autobuses, sin éxito, porque no conseguí que me cogieran el teléfono. El viernes fui a la oficina de objetos perdidos de la empresa gracias a las indicaciones de uno de los conductores del autobús y allí me dijeron que no habían recibido ninguna cartera como la mía y que preguntase el martes de la semana que viene, a ver si tenía suerte y lo mandaban durante el fin de semana desde alguna de las cocheras; pero que si no que me diese por vencida porque ya no había nada más que hacer. Volví a mi casa y cuando miré el buzón para recoger el correo... ¡Allí estaba! Mi cartera, en perfectas condiciones y con su contenido intacto, además de una nota del ángel que la encontró con el número de teléfono escrito. Llamé para agradecerle su gesto generoso y una amable señora me explicó que se la había encontrado en el autobús ese mismo jueves en que yo la perdí y que había decidido regresármela en persona para asegurarse de que no le ocurriera ninguna vicisitud más al pobre saquito de cuero. Gracias a ésta excepcional persona he recuperado mi confianza en el ser humano común.