Recomenzar tu vida social en un grupo nuevo asusta más de lo que la mayoría de los humanos estamos dispuestos a admitir. El temor se incrementa cuando la relación con tu grupo anterior aún no está cerrada. Incluso cuando ya has pasado por ese momento incómodo que supone ponerle punto y final a un conjunto de relaciones personales la sensación de que dejas cabos sueltos es continua. Si vives en una ciudad más o menos grande, como Madrid o Barcelona, las posibilidades de encontrarte con componentes de tu grupo anterior es relativamente baja, basta con cambiar la zona en la que te mueves, aun cuando no puedas trasladar tu vivienda. En ocasiones basta con subir o bajar un peldaño social. Pero si vives en un pueblo pequeño, sobre todo cuando está mal comunicado, los encontronazos son inevitables. En el caso de que la relación haya acabado de forma pacífica éstos encuentros casuales no suelen suponer un problema, otra historia es que la ruptura con la gente que querías y con la que has compartido varios años de tu vida se haya producido de manera abrupta.
En cualquier caso se requiere un esfuerzo consciente y casi continuo para depositar tu confianza en personas hasta el momento desconocidas para ti. En esa tarea no hay atajos posibles y en muchas ocasiones se trata de una inversión a largo plazo, que debe realizarse de forma cuidadosa. Hay quien se precipita a la hora de desnudar su personalidad, volcándola hacia los demás como quien arroja un cubo de agua sobre un incauto paseante. Otros la ocultan bajo millares de capas de indiferencia y convencionalismos, de manera que nunca sabes cuándo los conoces realmente. La dificultad estriba en mantener un término medio entre ambas acciones. El proceso puede complicarse a veces, ya que es imposible alcanzar una comprensión total con todos los integrantes del conjunto, pero puede compensarse la falta de confianza con una amabilidad bien conducida. En ocasiones son las costumbres propias del grupo las que hacen recelar. Puede llegar a producirse un choque cultural comparable a la colisión de un meteoro con la superficie terrestre. Los síntomas suelen ser una leve conmoción seguida de un estado absoluto de incredulidad; pero poco a poco van remitiendo sin necesidad de tratamiento farmacológico hasta que tales extravagancias se asumen como hechos normales e incluso deseables. El ajuste progresivo continuará hasta que el nuevo elemento se integre como propio o sea expulsado por su incompatibilidad inexcusable.
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