domingo, 22 de mayo de 2011
Se han ido. Sólo unos pocos han permanecido más o menos donde se encontraban en un principio. ¿Qué se hace cuando te traicionan, cuando mienten, cuando huyen? En realidad no quiero que se queden, pero me gustaría saborear una pizca de verdad, saber los motivos reales. De algunos me lo esperaba, pero otros muchos me han demostrado que en realidad siempre se cambia para peor. Lo que nunca imaginé es que sería de la forma más burda. Ni siquiera se molestaron en despedirse. Sencillamente desaparecieron. El pequeño grupo inicial se desmigaja, cada vez más deprisa. Sabía que todos nos separaríamos alguna vez, pero no imaginé que sería de este modo. Alguien muy estúpido me dijo que un año más no cambiaría nada, pero en la actualidad puedo ver la totalidad de su mentira. Parece que sólo estuviera esperando lo inevitable y al mismo tiempo acuciando su llegada. Entretanto me engañó, haciéndome creer que las personas a quienes decidí querer estarían siempre a mi lado. Ahora me pregunto si en algún momento me quiso de verdad. No puedo creer que alguien que realmente sintió cariño hacia una persona pueda abandonarla sin lamentar lo más mínimo su pérdida. Quiero creer que es mejor de éste modo, pero no soy tan buena mintiendo. Cuando acabe la próxima etapa probablemente no me quede nada a lo que aferrarme. Entonces caeré al vacío, habiendo perdido toda cuerda de seguridad. Quién sabe si algún día podré emerger de nuevo y confiar en alguien más.
domingo, 8 de mayo de 2011
Una sabia profesora me explicó una vez que el ser humano da de sí exactamente hasta donde le exigen. Puede considerarse una alegoría de la complacencia, pero veo en esa frase el conocimiento que otorgan numerosos años de enseñanza. Si el hombre se esfuerza hasta alcanzar los objetivos que se le marcan, independientemente del tiempo y el sudor que en ello deban confluir, la creación de metas supuestamente inalcanzables sacarán de él sus más profundas ansias de superación. Por el contrario si seguimos el ejemplo de aquellos que creen que el hombre es limitado, que no puede dar más de sí, frenaremos la progresión exponencial que debiera experimentar.
Otra maestra me dijo, puede que de pasada pero ahora vislumbro en ello la intención inconsciente de sembrar la respuesta rebelde, que los expertos catedráticos de la universidad, esos intelectuales de camisa y corbata, pensaban sin duda alguna que los bachilleres no eran capaces de leer los textos complejos que se incluían en una de esas pruebas de evaluación determinantes, y un tanto absurdas, del futuro de los estudiantes en cuestión. También argumentaban la patológica incomprensión de las columnas de opinión, textos filosóficos y científicos que en esos mismos exámenes se incluían. Incluso argumentaban la inutilidad de cierta cuestión de reflexión personal tan pobremente puntuada, suponiendo que las cabezas de los escolarizados estaban vacías de ideas propias. En resumen, esos antiguos revolucionarios del mayo francés, herederos de Sartre, Nietzsche y Rousseau; agitadores que obligaban la permanencia de los grises en los campus, pirómanos de lencería femenina, negadores de las cuchillas de afeitar, fervientes defensores de la libertad parcial y engañosamente otorgada por una relativa ley de 1966 promulgada por cierto político cenozoico casi retirado; esos antiguos discípulos de comunistas creen, sin miramientos, que los estudiantes en nuestro heterogéneo conjunto no sabemos pensar. Debe ser escalofriante enseñar desconfiando de la capacidad inventiva general. Puede que esa sea la causa de que las pruebas en general no motiven la reflexión personal del examinado. Tal vez por eso se restrinja el espacio, para evitar que los insurrectos que horriblemente reflexionan perturben la normalidad. Pero precisamente por ese descreimiento son ciegos ante la asombrosa realidad:
Los bachilleres en general leemos cuanto cae en nuestras manos, preferentemente a gratuidad, porque por desgracia nuestro oficio es uno de los pocos con salario negativo. No es casualidad que las bibliotecas estén normalmente pobladas por una subespecie de humanoide que ha colonizado estos espacios protegidos de forma progresiva. El Homo Scholasticus se ha adaptado al clima de los edificios densamente poblados por una rara especie que constituye su mayor fuente de alimento mental. Esta rara especie, nutrida por esos volúmenes carentes de precio pero no de valor, comunica sus ideas con pasión, sabiendo que debe continuar con la labor reformista que ya iniciaron quienes cuestionan sus capacidades. Lo más normal es que las ideas surgidas del pensamiento libre y la comunicación exaustiva aterroricen a esos hijos de la revolución, ahora acomodados en sus cátedras, pero resulta complicado imaginar cómo alguien que confía en que sus sucesores puedan arreglar los problemas que él mismo no ha podido solucionar dude con tanta claridad de quienes deben relevarle. Si ustedes pensaron y revolucionaron un país hasta convertir una dictadura opresiva en una democracia liberadora, ¿por qué cuestionan nuestra capacidad para continuar con la tarea y convertir a la estúpida humanidad en una especie de la que otras puedan sentirse orgullosas?
Otra maestra me dijo, puede que de pasada pero ahora vislumbro en ello la intención inconsciente de sembrar la respuesta rebelde, que los expertos catedráticos de la universidad, esos intelectuales de camisa y corbata, pensaban sin duda alguna que los bachilleres no eran capaces de leer los textos complejos que se incluían en una de esas pruebas de evaluación determinantes, y un tanto absurdas, del futuro de los estudiantes en cuestión. También argumentaban la patológica incomprensión de las columnas de opinión, textos filosóficos y científicos que en esos mismos exámenes se incluían. Incluso argumentaban la inutilidad de cierta cuestión de reflexión personal tan pobremente puntuada, suponiendo que las cabezas de los escolarizados estaban vacías de ideas propias. En resumen, esos antiguos revolucionarios del mayo francés, herederos de Sartre, Nietzsche y Rousseau; agitadores que obligaban la permanencia de los grises en los campus, pirómanos de lencería femenina, negadores de las cuchillas de afeitar, fervientes defensores de la libertad parcial y engañosamente otorgada por una relativa ley de 1966 promulgada por cierto político cenozoico casi retirado; esos antiguos discípulos de comunistas creen, sin miramientos, que los estudiantes en nuestro heterogéneo conjunto no sabemos pensar. Debe ser escalofriante enseñar desconfiando de la capacidad inventiva general. Puede que esa sea la causa de que las pruebas en general no motiven la reflexión personal del examinado. Tal vez por eso se restrinja el espacio, para evitar que los insurrectos que horriblemente reflexionan perturben la normalidad. Pero precisamente por ese descreimiento son ciegos ante la asombrosa realidad:
Los bachilleres en general leemos cuanto cae en nuestras manos, preferentemente a gratuidad, porque por desgracia nuestro oficio es uno de los pocos con salario negativo. No es casualidad que las bibliotecas estén normalmente pobladas por una subespecie de humanoide que ha colonizado estos espacios protegidos de forma progresiva. El Homo Scholasticus se ha adaptado al clima de los edificios densamente poblados por una rara especie que constituye su mayor fuente de alimento mental. Esta rara especie, nutrida por esos volúmenes carentes de precio pero no de valor, comunica sus ideas con pasión, sabiendo que debe continuar con la labor reformista que ya iniciaron quienes cuestionan sus capacidades. Lo más normal es que las ideas surgidas del pensamiento libre y la comunicación exaustiva aterroricen a esos hijos de la revolución, ahora acomodados en sus cátedras, pero resulta complicado imaginar cómo alguien que confía en que sus sucesores puedan arreglar los problemas que él mismo no ha podido solucionar dude con tanta claridad de quienes deben relevarle. Si ustedes pensaron y revolucionaron un país hasta convertir una dictadura opresiva en una democracia liberadora, ¿por qué cuestionan nuestra capacidad para continuar con la tarea y convertir a la estúpida humanidad en una especie de la que otras puedan sentirse orgullosas?
domingo, 1 de mayo de 2011
¿Qué puede hacer a una cuando no le permiten llorar? Siento que los ojos me queman y la opresión en el pecho no me permite respirar, pero no puedo derramar una sola lágrima por aquellos que un día perdí. Mi garganta ha creado un nudo que no me es posible deshacer. Un psicólogo diría que ahí se acumula todo lo que no me atrevo a decir. Ningún sonido sofocado puede surgir del fondo del alma cuando la oprime un temor reverencial. Las palabras teóricas que me permitirían desligar esa maraña de sentimientos inconexos aún no han sido inventadas. Las limitaciones de la lengua son tan asfixiantes como una atmósfera de monóxido de carbono. Ese conjunto de obstáculos impide la liberación del humo oscuro que se acomoda en mi interior. Cada uno de los términos aquí reflejados no son más que un vano intento de manifestar el fantasma del dolor, pero me esquiva de forma continua y desesperante. Hay quién lo exorciza empleando un piano. Lástima que los dedos que tan rápidamente se deslizan sobre las teclas de un ordenador no puedan realizar el mismo movimiento ante un piano. Quiero gritar y de ese modo aliviar la desesperación pero no me sale la voz. Cada letra escrita me pesa en el alma. ¿Se dará cuenta alguien si dejo definitivamente de escribir? En algún momento claudicaré ante el sufrimiento y me dejaré sumergir en la pesadumbre, puede que para no emerger nunca más. Hasta entonces hilvano una frase tras otra de forma demencial mientras una pieza triste de piano resuena en mi cabeza, cada vez más acelerada, superando los límites del allegro para convertirse en algo que jamás nadie podrá tocar. Justo ahora alcanza su máxima velocidad antes de desaparecer con una sola nota sostenida. Noto la desesperación en la que estaba sumido el compositor, temeroso de que su pieza naciera sobrenatural, de no poder acabarla antes de morir. Escribe tan, tan, tan deprisa que emborrona la tinta fresca de las notas, pero no tiene tiempo para corregirlo, sabe que su mundo se acaba hoy y que nadie jamás podrá alumbrar una melodía como esta, tan triste a pesar de su rapidez.
Yo escribo con el mismo miedo, aunque mi inseguridad ante la continuidad de mi futuro no es tan incierta. Puede que la cáscara de mi cuerpo permanezca aún muchos años, pero la mente de hoy no volverá jamás para acariciarla.
Yo escribo con el mismo miedo, aunque mi inseguridad ante la continuidad de mi futuro no es tan incierta. Puede que la cáscara de mi cuerpo permanezca aún muchos años, pero la mente de hoy no volverá jamás para acariciarla.
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