domingo, 8 de mayo de 2011

Una sabia profesora me explicó una vez que el ser humano da de sí exactamente hasta donde le exigen. Puede considerarse una alegoría de la complacencia, pero veo en esa frase el conocimiento que otorgan numerosos años de enseñanza. Si el hombre se esfuerza hasta alcanzar los objetivos que se le marcan, independientemente del tiempo y el sudor que en ello deban confluir, la creación de metas supuestamente inalcanzables sacarán de él sus más profundas ansias de superación. Por el contrario si seguimos el ejemplo de aquellos que creen que el hombre es limitado, que no puede dar más de sí, frenaremos la progresión exponencial que debiera experimentar.

Otra maestra me dijo, puede que de pasada pero ahora vislumbro en ello la intención inconsciente de sembrar la respuesta rebelde, que los expertos catedráticos de la universidad, esos intelectuales de camisa y corbata, pensaban sin duda alguna que los bachilleres no eran capaces de leer los textos complejos que se incluían en una de esas pruebas de evaluación determinantes, y un tanto absurdas, del futuro de los estudiantes en cuestión. También argumentaban la patológica incomprensión de las columnas de opinión, textos filosóficos y científicos que en esos mismos exámenes se incluían. Incluso argumentaban la inutilidad de cierta cuestión de reflexión personal tan pobremente puntuada, suponiendo que las cabezas de los escolarizados estaban vacías de ideas propias. En resumen, esos antiguos revolucionarios del mayo francés, herederos de Sartre, Nietzsche y Rousseau; agitadores que obligaban la permanencia de los grises en los campus, pirómanos de lencería femenina, negadores de las cuchillas de afeitar, fervientes defensores de la libertad parcial y engañosamente otorgada por una relativa ley de 1966 promulgada por cierto político cenozoico casi retirado; esos antiguos discípulos de comunistas creen, sin miramientos, que los estudiantes en nuestro heterogéneo conjunto no sabemos pensar. Debe ser escalofriante enseñar desconfiando de la capacidad inventiva general. Puede que esa sea la causa de que las pruebas en general no motiven la reflexión personal del examinado. Tal vez por eso se restrinja el espacio, para evitar que los insurrectos que horriblemente reflexionan perturben la normalidad. Pero precisamente por ese descreimiento son ciegos ante la asombrosa realidad:

Los bachilleres en general leemos cuanto cae en nuestras manos, preferentemente a gratuidad, porque por desgracia nuestro oficio es uno de los pocos con salario negativo. No es casualidad que las bibliotecas estén normalmente pobladas por una subespecie de humanoide que ha colonizado estos espacios protegidos de forma progresiva. El Homo Scholasticus se ha adaptado al clima de los edificios densamente poblados por una rara especie que constituye su mayor fuente de alimento mental. Esta rara especie, nutrida por esos volúmenes carentes de precio pero no de valor, comunica sus ideas con pasión, sabiendo que debe continuar con la labor reformista que ya iniciaron quienes cuestionan sus capacidades. Lo más normal es que las ideas surgidas del pensamiento libre y la comunicación exaustiva aterroricen a esos hijos de la revolución, ahora acomodados en sus cátedras, pero resulta complicado imaginar cómo alguien que confía en que sus sucesores puedan arreglar los problemas que él mismo no ha podido solucionar dude con tanta claridad de quienes deben relevarle. Si ustedes pensaron y revolucionaron un país hasta convertir una dictadura opresiva en una democracia liberadora, ¿por qué cuestionan nuestra capacidad para continuar con la tarea y convertir a la estúpida humanidad en una especie de la que otras puedan sentirse orgullosas?

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