domingo, 27 de febrero de 2011
Sé que me agarro a él como a una tabla en la mar abierta, pero temo ahogarme si me suelto. Tengo miedo a sufrir y le utilizo para no hundirme. No es justo, lo sé, dudo incluso de que se haya dado cuenta, pero nunca se me dió bien soportar el dolor, por mucho que digan que soy estoica, que me acostumbro rápidamente a la incomodidad. Es mentira. Sólo soy capaz de soportarla cuando es meramente física. El cansancio emocional me resulta insostenible. Me he acostumbrado a tener a alguien que me sostenga cuando yo no puedo hacerlo. Mi mayor pánico es perder a ése humano y encontrarme sola y desvalida ante el dolor, porque sé que no podré aceptarlo a pecho descubierto, que me aplastará bajo él hasta asfixiarme. Me he acostumbrado demasiado rápido a la felicidad. Atrás quedaron quienes querían hacer de mi una mujer independiente. Fracasaron en el mismo momento en que me descubrieron el placer ya olvidado de estar acompañada. No hay peor adicción que la que uno no puede satisfacer por sus propios medios. Depender de alguien es deprimente. ¿Quién dijo que el hombre es un animal social? Sólo constataba un hecho, no exponía ninguna verdad nueva y reluciente. Lo llamaron filósofo porque puso en palabras lo que todos hemos pensado alguna vez pero no queríamos reconocer: que el hombre es incapaz de vivir solo, por mucho que quiera autoconvencerse, incluso con todos los cachivaches que pueda inventar, siempre habrá algo, gracias a... ¿Dios?, que sólo otro organismo vivo, humano o no, pueda darle. Pero da demasiado miedo reconocerlo, admitir que somos más frágiles de lo que creíamos, depender. A pesar de ése pánico nos dedicamos a destruir todo lo que está vivo a nuestro alrededor. Después de todo el Homo Sapiens siempre ha sido el animal menos inteligente jamás creado.
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