domingo, 1 de mayo de 2011

¿Qué puede hacer a una cuando no le permiten llorar? Siento que los ojos me queman y la opresión en el pecho no me permite respirar, pero no puedo derramar una sola lágrima por aquellos que un día perdí. Mi garganta ha creado un nudo que no me es posible deshacer. Un psicólogo diría que ahí se acumula todo lo que no me atrevo a decir. Ningún sonido sofocado puede surgir del fondo del alma cuando la oprime un temor reverencial. Las palabras teóricas que me permitirían desligar esa maraña de sentimientos inconexos aún no han sido inventadas. Las limitaciones de la lengua son tan asfixiantes como una atmósfera de monóxido de carbono. Ese conjunto de obstáculos impide la liberación del humo oscuro que se acomoda en mi interior. Cada uno de los términos aquí reflejados no son más que un vano intento de manifestar el fantasma del dolor, pero me esquiva de forma continua y desesperante. Hay quién lo exorciza empleando un piano. Lástima que los dedos que tan rápidamente se deslizan sobre las teclas de un ordenador no puedan realizar el mismo movimiento ante un piano. Quiero gritar y de ese modo aliviar la desesperación pero no me sale la voz. Cada letra escrita me pesa en el alma. ¿Se dará cuenta alguien si dejo definitivamente de escribir? En algún momento claudicaré ante el sufrimiento y me dejaré sumergir en la pesadumbre, puede que para no emerger nunca más. Hasta entonces hilvano una frase tras otra de forma demencial mientras una pieza triste de piano resuena en mi cabeza, cada vez más acelerada, superando los límites del allegro para convertirse en algo que jamás nadie podrá tocar. Justo ahora alcanza su máxima velocidad antes de desaparecer con una sola nota sostenida. Noto la desesperación en la que estaba sumido el compositor, temeroso de que su pieza naciera sobrenatural, de no poder acabarla antes de morir. Escribe tan, tan, tan deprisa que emborrona la tinta fresca de las notas, pero no tiene tiempo para corregirlo, sabe que su mundo se acaba hoy y que nadie jamás podrá alumbrar una melodía como esta, tan triste a pesar de su rapidez.
Yo escribo con el mismo miedo, aunque mi inseguridad ante la continuidad de mi futuro no es tan incierta. Puede que la cáscara de mi cuerpo permanezca aún muchos años, pero la mente de hoy no volverá jamás para acariciarla.

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