domingo, 24 de abril de 2011
Hoy me he estado preguntando cómo sería saber que eres un enfermo terminal. Ser consciente de que ahora, en este mismo instante, gracias a tu medicación o a la suerte del día que hace que hoy no tengas una crisis, estás bien, pero que un segundo más tarde puedes encontrarte convulsionando en el suelo, sufriendo una parada cardiaca, entrando en coma sin motivo aparente, estar paralizado o no poder abrir un bote de pastillas porque tu temblor de reposo, aumentado por los nervios del momento, no te lo permite. Conocer a ciencia cierta que empeorarás progresivamente, sin que nada ni nadie pueda remediarlo; que sin quererlo estás obligando a tus padres, a tus amigos o a tu pareja a cuidarte y protegerte sin descanso. Saber que te verán degenerar, sufrir, gritar, vomitar y odiarles a ellos y al mundo entero por no tener una cura. Obligarte a poner buena cara para esperar a que se vallan, sólo para no derrumbarte delante de ellos porque eso no os ayudará a ninguno. Seguir luchando para vivir un día más, o cansarte de la batalla continua, darlo todo por perdido y sumirte en la desesperación. Seguramente agradecerás el apoyo, pero también desearás que no tengan que pasar por ello, que te dejen sola con tu patología, para que ambas os detestéis la una a la otra en soledad. Ella por no poder progresar tranquilamente sin las trabas de la multitud de pastillas que tomas cada día para frenarla, ésas que impiden que alcance su zenit. Tú porque ella es la causante de tu dolor, porque no te deja vivir con perspectivas de futuro, porque te hace valorar el suicidio sólo para que acabe de una maldita vez, porque te impide disfrutar de la vida que deberías haber llevado, porque te obliga a alejar a aquellos a quienes amas para evitarles pasar por tu sufrimiento constante. Puede que acudas a algún grupo de ayuda, donde todos os riáis de vuestra enfermedad, porque sois casualmente el tipo de persona que cree que ella no es una enfermedad, es una enferma que la padece, pero que no quiere verse determinado por ella. O puede que no quieras acudir, porque esos grupos te parecen tan inútiles como tratar tu dolencia con caramelos de limón. Entonces te plantearás si existe algún ser humano que esté investigando para mejorarte la vida, aunque no pueda curarte; si las políticas sobre I+D+I son las más correctas para lograr los objetivos marcados. Y sentirás la rabia recorriéndote la médula espinal cuando algún integrista retrógrado se dedique a polemizar sobre la única línea de investigación que podría salvarte la vida, y odiarás a aquellos que no son conscientes de la suerte que tienen por estar sanos y ser medianamente felices y libres para hacer lo que les dé la santa gana, pero en su lugar se dedican a compadecerse por sus pequeños, nimios, minúsculos problemas, en lugar de ver el mar de posibilidades que se abre ante ellos por no ser tú.
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