Siempre había creído que en el planeta sólo quedaba mala gente que se divertía puteando a los demás. Es fácil observar ese punto de vista en las entradas pasadas de este blog, pero hace 2 días me ocurrió algo que ha hecho que desarrolle un poquito de esperanza en el futuro moral de la humanidad. Verán, el jueves de ésta semana perdí mi cartera en un autobús de mi ciudad. Su contenido, aunque no era muy valioso, componía mi documentación, carnets de las bibliotecas a las que estoy suscrita, billetes de diversos autobuses y aproximadamente 23 euros en efectivo. Puse una denuncia por teléfono y el día siguiente me desplacé hasta la comisaría para ratificiarla, ya que la administración pública no admite renovaciones de D.N.I sin la denuncia correspondiente. Me pasé todo el viernes llamando a la empresa que lleva el servicio de autobuses, sin éxito, porque no conseguí que me cogieran el teléfono. El viernes fui a la oficina de objetos perdidos de la empresa gracias a las indicaciones de uno de los conductores del autobús y allí me dijeron que no habían recibido ninguna cartera como la mía y que preguntase el martes de la semana que viene, a ver si tenía suerte y lo mandaban durante el fin de semana desde alguna de las cocheras; pero que si no que me diese por vencida porque ya no había nada más que hacer. Volví a mi casa y cuando miré el buzón para recoger el correo... ¡Allí estaba! Mi cartera, en perfectas condiciones y con su contenido intacto, además de una nota del ángel que la encontró con el número de teléfono escrito. Llamé para agradecerle su gesto generoso y una amable señora me explicó que se la había encontrado en el autobús ese mismo jueves en que yo la perdí y que había decidido regresármela en persona para asegurarse de que no le ocurriera ninguna vicisitud más al pobre saquito de cuero. Gracias a ésta excepcional persona he recuperado mi confianza en el ser humano común.
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