¿De verdad se ha acabado?
¿Seguro que podemos respirar tranquilos?
¿Puedo confiar en que todo el peligro ha pasado? ¿En que jamás tendré que temer por mi vida o por la de mis compañeros? ¿En que nadie más necesitará revisar los bajos de su coche en busca de explosivos antes de subirse inocentemente al mismo para ir a trabajar, o a llevar a sus hijos al colegio, o a visitar a unos amigos? ¿En que los simulacros de bomba pasen de completamente imprescindibles a una mera anécdota que se realiza más por costumbre que por verdadera seguridad? ¿Podremos por una vez disfrutar de la compañía de nuestros familiares vascos sin temer que cada palabra y cada gesto pueden ser los últimos? ¿Es posible que se acaben los escoltas obligados, las extorsiones, los asesinatos, las malas noticias, los secuestros, los funerales ceremoniosos y el terror? ¿Puede ser que la espiral de represión y odio se haya terminado?
No tengo respuesta para la mitad de éstas preguntas y eso resulta casi tan inquietante como plantearlas siquiera. Sólo queda la esperanza, que por lo visto es lo último que se pierde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario