domingo, 23 de octubre de 2011

¿De verdad se ha acabado?
¿Seguro que podemos respirar tranquilos?
¿Puedo confiar en que todo el peligro ha pasado? ¿En que jamás tendré que temer por mi vida o por la de mis compañeros? ¿En que nadie más necesitará revisar los bajos de su coche en busca de explosivos antes de subirse inocentemente al mismo para ir a trabajar, o a llevar a sus hijos al colegio, o a visitar a unos amigos? ¿En que los simulacros de bomba pasen de completamente imprescindibles a una mera anécdota que se realiza más por costumbre que por verdadera seguridad? ¿Podremos por una vez disfrutar de la compañía de nuestros familiares vascos sin temer que cada palabra y cada gesto pueden ser los últimos? ¿Es posible que se acaben los escoltas obligados, las extorsiones, los asesinatos, las malas noticias, los secuestros, los funerales ceremoniosos y el terror? ¿Puede ser que la espiral de represión y odio se haya terminado?
No tengo respuesta para la mitad de éstas preguntas y eso resulta casi tan inquietante como plantearlas siquiera. Sólo queda la esperanza, que por lo visto es lo último que se pierde.

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