Asfixiar, ahogar, estrangular, oprimir, apretarle la tráquea con firmeza en cada sueño viendo cómo patalea cada vez más despacio, hasta que su estúpido cuerpo queda completamente laxo. ¿Y todo para qué? Para repetir mañana la noche de hoy. Las mismas manos. Los mismos quince años. La misma mirada vidriosa. La misma cara azul pálido. La misma falta de emociones mientras siento sus cartílagos chocar contra sus cuerpos vertebrales. ¿Por qué su cuello ofrece tan poca resistencia? Siempre pensé que necesitaría más fuerza para estrangularlo, pero es como un merengue relleno de frutas. No noto la presión que ejerzo, sólo el movimiento oclusivo de su laringe cerrándose cada vez más hasta que sus movimientos convulsivos cesan. Ya no hay espasmos intentando suplicar clemencia, pero perduran los oídos sordos a la compasión. El asesinato onírico se repetirá con las próximas tinieblas. Tú con el pelo largo, yo con la mirada enfurecida. Ni siquiera existe una trama anterior que justifique el acto, nada antes de ese momento maquiavélico. Puede que me arrepienta de no haberlo hecho realidad cuando pude. Quizá por eso me desquito repetidamente en el presente.
Da igual cuántas veces lo analice. El maldito sueño recurrente se escapa incluso a los círculos lanudos que cuelgan de mi cabecero. Nada impide que te asfixie noche tras noche. Mis manos engarfiadas y tu cabeza golpeando contra el suelo duro de cemento mientras caes de nuevo de espaldas. Siempre caes de espaldas y sobrevives, como una suerte de gato invertido, para que pueda rematarte personalmente. Ni siquiera me apartas con las manos cuando ves que me acerco. Parece que desees que todo acabe por unas horas, hasta que resucites un día después para volver a morir. El bucle continuará eternamente con los mismos personajes. Tu nunca crecerás y supongo que yo jamás dejaré de odiarte. Feliz entierro temporal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario