Ayer un pequeño pueblo toledano perdió a una de sus más antiguas habitantes. Desgraciadamente a nadie pilló por sorpresa. Ella batalló contra la enfermedad algunos meses más de lo que los médicos pronosticaron, pero al final la vejez venció, llevándose con ella un pedacito del corazón de cuantos la conocieron. Hoy vi las lágrimas incesantes de sus nietos, la mirada compungida de sus hijos, los pañuelos empapados de sus vecinos y los ropajes oscuros de algunos que, como yo, asistíamos al sepelio con la esperanza de servir de apoyo a sus dolientes, aún siendo conscientes de que no podríamos disminuir la magnitud de su dolor. Por desgracia lo que no alcancé a atisbar fue la compasión del párroco, que repitió palabra por palabra la fórmula común y cristiana que se emplea en todas las situaciones. Siempre la misma voz impersonal, el mismo protocolo, las mismas epístolas vacías de otro sentido que no sea la mera tradición. La ceremonia estuvo cargada de divinidades, pero vacía de humanidad. Apenas se mencionó el nombre de la difunta un par de veces, siempre dentro del hueco cuidadosamente reservado en el protocolo para ello.
Antes los rituales funerarios tenían como fin asegurar el buen camino para el alma que partía, ya fuese hacia la resurrección o hacia un supuesto mundo mejor en el que se reuniera con sus ancestros y su creadora original. Aunque todas las ceremonias dentro de una misma religión tenían algo en común, siempre se reservaba alguna porción individual. Algunos ritos ancestrales no contaminados por las religiones expansionistas aún lo hacen. Pero por lo que he podido observar esta tarde, la cristiana sólo aplica una serie preestablecida e impersonal de vocablos, carentes de singularidad o de recuerdos de la maravillosa vida que ya no nos acompaña.
Tengo la esperanza de que la mayoría de los asistentes estuvieran dedicándose a recordar las hazañas reales o imaginarias de la brava señora, a quien desgraciadamente no tuve la oportunidad de conocer. Estoy muy segura de que todos sus amigos y familiares tendrían numerosos recuerdos agolpados en la mente luchando por salir, o deseando ser eliminados para limitar el dolor de la pérdida. Ésa fue en realidad la verdadera y genuina liturgia.
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