domingo, 1 de enero de 2012

Supongo que antes de nada tendré que decir que Feliz Año Nuevo y esas cosas que salen de la boca de todos los humanos desde hace 22 horas, más o menos desde el mismo momento en el que consiguieron tragarse las uvas (por mi parte hubo suerte, este año no me atraganté). Después de los saludos de rigor y dado que me niego a tener propósitos de año nuevo, porque luego se disuelven con el tiempo como el humo de un cigarro olvidado, creo que paso directamente a la crónica de la pasada noche de fiesta. Sí, lo siento, soy así de egocéntrica, pero aún estais a tiempo de interrumpir la lectura en este mismo momento y huir en desbandada si lo deseáis. ¿No? Pues allá vosotros con vuestras decisiones:

Encontrar el local se convirtió en una odisea. Los automóviles madrileños repletos ignoraban deliberadamente los consejos férreos que los semáforos proclamaban. Miles de personas marchaban como hormigas cortando el tráfico en dirección a zonas de alcoholización preestablecidas. Cuando por fin alcanzamos el lugar indicado me despedí de las posibles inhibiciones en favor de una noche de diversión y libertad. La primera impresión tras recibir el cotillón fue que me había equivocado de local. La música pachanguera y los señoritos trajeados no cuadraban en absoluto con la imagen preconcebida de fiesta salsera que tenía en mente. Dado que la entrada llevaba pagada más de un mes descarté de pleno la opción de huir en busca de un ambiente más acorde con mis esperanzas e intenté recordar las enseñanzas de Darwin: adaptarse o morir. La adaptación comenzaba por localizar a mis amigos entre la multitud de humanos cubiertos por una mezcla de ropa almidonada, purpurina y sudor de aglomeración, pero abrirse paso entre la profusión de cuerpos era más un sueño que una realidad. Con movimientos controlados pude aprovechar los pequeños resquicios que aquel maremágnum convulsivo proporcionaba en su vaivén. Cuando por fin alcancé mi meta y tras intercambiar los saludos excitados de rigor cambié los zapatos monísimos pero mortalmente peligrosos que portaba por otros más adecuados para lo que se avecinaba. Puede que aquello constituyera el primer y craso error de la noche. Las delicadas suelas de terciopelo propias del calzado específicamente creado para bailar con comodidad sobre la madera pulida ofrecen muy poca resistencia a la fricción y la humedad propias de un suelo de cemento futuramente humedecido con las copas derramadas por universitarios faltos de pulso. A falta de una solución mejor y confiando en las bondades de un buen limpiador universal de tejidos, me calzé y busqué una superficie que se pareciese lo más posible a la ideal. Por suerte algún alma iluminada había decidido colonizar la plataforma medianamente estable que se elevaba 12 centímetros por encima del nivel medio de la sala, lo que proporcionaba una zona casi segura para bailar y dejar abrigos y bolsos a salvo de la torpeza estudiantil y los robos fortuitos. Incluso disponíamos de varios puf con aspecto de dados mullidos y una mesa precaria en la que depositar vasos y confeti. Pronto obvié la pesadez machacona del ritmo que sonaba y me abandoné a la melodía. En principio me moví tímidamente por la falta de calentamiento previo a la danza, pero pronto mis caderas tomaron el control de la situación, oscilando libremente entre el gentío. Los compases se sucedían sin tregua y mi mente volaba emancipada, presa de las contracciones y distensiones musculares numerosas veces repetidas hasta alcanzar el automatismo. No necesitaba ser plenamente consciente del desplazamiento para realizarlo así que pude permitirme el lujo de entrar en un trance parcial en el que sólo me importaba la situación presente inmediata, sin considerar sus implicaciones futuras o la timidez pasada. Sentía la música a mi alrededor, ingresando suavemente a través de mis conductos auditivos, fluyendo por mi cuerpo, acariciando mi alma evadida. Desgraciadamente los contoneos fueron malinterpretados por algunos machos cercanos a la exaltación que los confundieron con señales abiertamente sexuales. Pronto me encontré interrumpida por presentaciones innecesarias a las que atendí por un simple acto de amabilidad, ya que con ninguno podría compartir la fluidez agitadora que yo deseaba ni la húmeda intimidad que aquellos pretendían. Pese a la incongruencia de la situación resistí con aparente tranquilidad los insistentes embates que las mentes prematuramente embotadas acometían. Para mi sorpresa comprobé que todo universitario lleva un tuno en su interior, más por el plomo característico de estos que por su habilidad cantora general. Si ligar en una discoteca resulta por lo común una actividad poco recomendable debida al ruido ambiental y a la embriagez de los presentes, hacerlo en una fiesta de fin de año está doblemente contraindicado. Al fin conseguí librarme con sutileza de los galanes en mi firme determinación por regresar al estado iluminado en el que anteriormente me hallaba. La dicha de quien se encuentra cumpliendo sus deseos me embargó hasta el momento del cierre, cuando me vi obligada a abandonar el placer del abandono musical para permitir el descanso de los agotados organizadores, visiblemente faltos de una ducha caliente seguida del prolongado reposo que ofrecen los almohadones mullidos. Tras un breve proceso de asignación de plazas automovilísticas nos lanzamos de nuevo al infierno del Madrid a todas luces saturado por quienes, como nosotros, regresaban tras una noche de festejos. Alcancé mi ciudad dormitorio con ligera gratitud mientras mis pies manifestaban su evidente satisfacción. A pesar de la indiferencia inicial, cuando ingresé en mi domicilio el cansancio era evidente. Con esfuerzo conseguí llegar hasta mi cuarto, desplomándome en la cama pensando que nunca la había echado tanto de menos.

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