Ahora que la mayoría de los humanos que habitan mi ciudad/pueblo han emigrado a zonas algo menos cálidas en el norte o igual de cálidas en el sur pero remojadas por un pedacito de mar parcialmente contaminado, todas con la esperanza de evitar la obvia y segura posibilidad de derretirse sobre el asfalto, me asaltan cuestiones sobre la confianza y la sinceridad. ¿Por qué es más fácil confiar en aquellos que se encuentran a tu lado? ¿Por qué durante una llamada por conferencia todo suena a verdad parcial o a mentira completa? ¿Es por ello que las relaciones a distancia, tanto sexuales como de amistad, no suelen funcionar?
Es medianamente fácil confiar en una persona que se encuentra cerca, porque tienes multitud de ocasiones para cazarla en una mentira, tú lo sabes y ella también, así que esa persona se preocupa de mentirte lo menos posible o de hacerlo tan bien que sea imposible que te des cuenta. Pero cuando os encontráis separados por más de 500 kilómetros las oportunidades para engañar a tu interlocutor se magnifican. Es por ello que surgen los malentendidos y demás errores lingüísticos. Cada retraso en una cita para chatear sugiere un olvido por parte del otro, como si se estuviera divirtiendo tanto que no le merece la pena molestarse en recordar que tu le estás esperando al otro lado del WiFi, cada minuto que pasa duele como una puñalada, aún más si ése encuentro es el único en semanas, aunque en realidad la causa de su tardanza sea un autobús tardón o un ADSL prehistórico. Los plantones son aún más devastadores, evocan un olvido aún mayor, más o menos de 90-60-90, metro ochenta y ojos verdes. El abandono crea unas turbulencias anímicas características que se ven agravadas en cada ocasión, pudiendo incluso desencadenar el más temible de los tifones, que no atendería a excusas ni a súplicas de perdón. Ha de tenerse especial cuidado con éstos fenómenos meteorológicos, porque son totalmente imprevisibles.
No hay comentarios:
Publicar un comentario