No soporto ver cómo una persona permanece inmutable, cómo evita los enfrentamientos de forma continua. Necesito saber que tiene sangre en las venas, que hay algo que la apasiona o la enerva, que la hace estallar. No es necesario que sea un detonante agresivo ni voraz, ni tan siquiera explosivo, pero debe existir alguna cosa que le produzca emociones incontrolables. Soy incapaz de aguantar una relación con alguien que asiente y sigue la corriente en todo momento, que siempre me da la razón, que no impone su opinión, que no responde ni se rebela. No puedo conformarme con un caballito de mar, preciso un revolucionario salmón.
Deseo saber qué es lo que le hace vibrar, qué le emociona o le supera. No me creo que todo le resbale o que nada le afecte tanto como para no saltar, de alegría o de rabia, pero estallar. Hay quien dijo que el arte es una explosión. Yo requiero la ignición potente, aunque suponga la destrucción de todo atisbo de vida, una hecatombe, el apocalipsis.
Yo, por ejemplo, adoro la emoción que me produce saber responder ante situaciones de peligro crítico. Ni siquiera necesito controlar el problema, sólo tener los conocimientos y la capacidad para reaccionar. Saber que mi cuerpo responderá ante una situación de estrés como movido por una conciencia exterior es realmente relajante. Lo único que no podría soportar es la parálisis derivada del terror.
También atesoro la preciada sensación que se genera en mi cuando leo un texto maravilloso ante un público atento. Poner todo mi esfuerzo en transmitir cada matiz de un mensaje y la belleza de las palabras escritas por alguna mente preclara me produce un éxtasis mayor que cualquier droga conocida por el hombre. Sólo modulando la voz puedo comunicar cada sentimiento impregnado en un papel y otorgarle la seguridad de algo tangible. Jamás he estado más cerca de alcanzar el nirvana como encima de un escenario, leyendo ante un jurado espectante, donde no me importó la opinión que se obtuviese de mi, ni los errores que pudiese cometer, sólo el allí y entonces, lo que sentía en ese mismo instante. En ningún otro momento he sido más consciente de mi felicidad y de mi situación minúscula pero poderosa en el universo. Adoré cada minuto en que mis labios bordaron palabras y silencios en el aire. Y cuando acabé, la sensación perduró aún un poco más. Si pudiera continuar en ése estado, si sólo consiguiera dediarme a regalar historias vivas al resto de los humanos para que las atesorasen.... Ojalá pudiera revivir a los juglares para unirme a ellos en su travesía por las plazas de pueblos recónditos, relatando verdades y mentiras imposibles de refutar con la pasión del que se sabe dichoso en su oficio.
que revoltijo de sentimientos.
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