domingo, 12 de febrero de 2012
No comprendo cómo pude encontrarme segura en un pecho que no era el mío, ni cómo adiviné la textura de tu piel sedosa sin rozarla siquiera. No entendía la necesidad de permanecer a tu lado a pesar del calor sofocante del verano, ni por qué me daba igual mojarme bajo la lluvia mientras estuviera besándote. Era absurdo desear más la tibieza de tu cuerpo que la del propio fuego, igual que necesitar la humedad de tu boca en lugar del frescor del agua clara. Deseaba la suavidad de tu piel en lugar de las sábanas de seda, porque conocía que tus brazos serían más adecuados para arroparme. Sólo sabía, aunque no podía entenderlo, que tu cuerpo me saciaría mejor que las delicias que pudieran ofrecerme a lo largo y ancho de los siete mares. Era tu dulce voz lo que necesitaba oír para encontrar el camino en la oscuridad; y la depresión de tu cuello constituía el mejor lugar del mundo para reposar. Tus manos me parecían lo más sensual del universo, porque despertaban mi cuerpo cuando ni siquiera sabía que estaba dormido. No existía nada mejor que tus abrazos para alejar mis miedos, ni sonido más eficaz que tu risa para disipar mi pena. Nada me parecía más hermoso que tus ojos de color cambiante, pero siempre suaves y profundos, o tu cuerpo cubierto únicamente con unos vaqueros. Jamás mi mente fue más ágil que cuando intentaba explicarte por qué creía que ciertos hechos eran irreversibles, finitos y olvidados. Todavía no comprendo cómo era posible que me amaras sin condición, a pesar de mis errores y mi mal humor. Supongo que eras tan grande, tan sumamente enorme que podías con eso y con mucho más. Yo nunca quise hacerte daño, y me remuerde la conciencia saber la inmensa cantidad de dolor que llegué a provocarte. A veces me parecías un fantasma, porque no lograba apreciarte con todos mis sentidos, hasta que alguien decidió regalarte ese aroma delicioso que siempre asociaré a ti. Contigo era todo tan fácil; lógico, como un acto reflejo; tan sencillo como respirar. Te amé como sé que jamás volveré a amar a nadie, sin reservas, sin temor, sin necesidad de explicaciones. Sé que las comparaciones son odiosas, pero compadezco al pobre mortal que alguna vez trate de ponerse a tu altura, porque estoy segura de que fracasará estrepitosamente. Nadie podría ser tú mejor que tú mismo, y nadie debería intentarlo.
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